Esperas,
una sala sombría,
consulta de barrio,
profundo el dolor
que no cesa, tensos
los minutos que pasan.
Esperas,
el doctor sale, pronuncia
un nombre, no el tuyo,
y la tensión del instante
se disipa en un pozo,
y vuelven tus ojos
a la revista, cotilleos
sin importancia, mente
que se distrae inteligente,
no conceder al tiempo
el protagonismo que tiene.
Esperas,
el resto fluye, sale y entra,
y el doctor te ignora,
mira para otra parte, otro,
y no acaba de pronunciar
tu nombre; y de repente,
se te prende el bombillo,
y contemplas la posibilidad
de que tu nombre —esperado
como nunca— no figure
en los papeles que el doctor
—al margen de ti—
maneja; y te decides, reacia,
a levantarte de tus cotilleos,
preguntar al doctor, rozando
su bata, si tu nombre
está escrito.
Y dijo, no.