No lloré.
Las lágrimas habrían sido una
cortesía que ya no merecía el
recuerdo.
Frente a mí, sus ojos negros seguían
abiertos, intactos,
como si aún esperaran una carta
más,
una palabra que no llegaría.
Pensé en su cabello rosa,
en lo blanca que era,
en lo tímida que resultaba incluso
para decir adiós.
Pensé en lo fácil que fue creer
que la dulzura bastaba para no
herir.
Acerqué el arma despacio,
con la calma de quien ya decidió
hace tiempo.
No apunté al corazón:
ahí ya no quedaba nada.
Apunté a los ojos.
A esos que siempre amé
y que nunca aprendieron a decir la
verdad.
Jalé del gatillo.
Y por primera vez,
ella dejó de mirarme.