Palo Santo es tu nombre, mas no por carecer de pecado; indios y conquistadores te encontraron en la loma, indómito y encrespado, buscando la orilla en la cumbre como un tierno venado.
El tronco que te sostiene luce manchas de blancos paisajes; no dibujan estrellas, son nubes que habitan tu viaje; tu altura es un imperio que asusta pero no mata, un territorio escondido con una espada de plata.
Tu estirpe fue el fiel espejo del manteño y huancavilca; te vistieron de gala, ceñido con oro puro, ese que esconde los mares y atrapa el confín oscuro.
Madera sagrada es tu nombre, aunque el mundo no lo sepa; solo el montubio lo sabe cuando al monte recobre. De ti extraen el aceite que calma tantas dolencias, mientras lastiman tu suelo y matan tu persistencia.
Te dejan tendido en el piso, y te acaban como serpiente, esperando por años que el tiempo madure tu savia latente; hoy compré a tu hijo y lo traje a mi morada, lo llené de hojas y tierra para ver su vida brotada.
Yo te prometo, árbol, respetar tu olor y presencia; barreré con mimo tus hojas y adoraré tu esencia, no mataré a tu hijo por lucrarme de tu don; solo quiero que crezca y me abrigue en el sillón. Con los años que me esperan, cuando el frío envejezca, frotaré mis rodillas sintiendo que tu aroma me refresca.
Palo Santo te llaman, mas no por carecer de pecado; lo santo no se pregona ni se vive disfrazado. Tu aroma son tus acciones, sin mirar a quién agradar; ¡Palo santo bendito, bendito por adornar mi tierra y mi morada; ese será tu altar!