A Mi Padre
A Dios elevo mi canto sincero
por el hombre que me enseñó a caminar,
por su ejemplo firme y verdadero,
por su manera de amar y educar.
Fue faro encendido en la tormenta,
refugio sereno en la adversidad;
su palabra siempre fue herramienta
para forjar mi voluntad.
No me heredó riquezas pasajeras,
ni tesoros de oro o de metal;
me dejó principios como banderas
y una fe profunda e inmortal.
Con paciencia sembró en mi camino
las semillas de la honestidad;
me mostró que el verdadero destino
se alcanza con esfuerzo y dignidad.
Cuando mis fuerzas parecían pocas
y el desaliento quería vencer,
sus consejos, como agua en las rocas,
me ayudaban de nuevo a crecer.
Aprendí de él que la nobleza
no se compra ni se puede fingir;
que la grandeza nace en la firmeza
de quien sabe servir y compartir.
Su mirada nunca buscó la gloria,
ni el aplauso fácil de la multitud;
prefirió escribir su propia historia
con trabajo, humildad y virtud.
Me enseñó a respetar la verdad,
aunque el precio fuera muy elevado;
a defender siempre la igualdad
y a caminar con el rostro levantado.
De sus manos aprendí la constancia,
de su ejemplo aprendí el honor;
de su silencio comprendí la importancia
de hablar con justicia y con amor.
Fue guerrero sin espada ni armadura,
vencedor de mil batallas interiores;
conquistó la vida con ternura
y cultivó jardines de valores.
Cuando la duda oscurecía el sendero,
él señalaba la luz con serenidad;
y en cada paso encontraba primero
la senda correcta de la bondad.
Hoy agradezco al cielo su presencia,
su corazón generoso y leal;
porque más que un padre fue la esencia
de un amor inmenso y paternal.
Y mientras transcurran los años,
y el tiempo continúe su andar,
vivirán en mí sus enseñanzas,
como estrellas que nunca dejarán de brillar.
Porque un padre que educa con el alma,
que corrige sin dejar de amar,
deja en sus hijos una eterna calma
y una huella imposible de borrar.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Junio, 2021.