El aliento de la luna
Porque llega un momento
en que la voz deja de pertenecerse a sí misma
y comienza a perderse lentamente
en la ternura.
No es un extravío doloroso.
Es más bien una forma de descenso:
el lenguaje abandona su dureza habitual
y entra en una región más íntima,
donde las palabras ya no buscan explicar el mundo,
sino permanecer cerca de aquello
que silenciosamente las origina.
Entonces recuerdo nuestro primer beso.
La luz del sol caía sobre nosotros
con una lentitud casi vegetal,
como si el día quisiera demorarse
en la respiración de nuestras bocas.
Sobre el cielo se abría una fidelidad de nubes,
una claridad suspendida
que hacía más habitable la tarde.
Todo parecía comenzar allí.
Las páginas sobre la mesa
recibían el resplandor violeta de la tarde,
y en ellas se dispersaban fragmentos de mí mismo:
palabras escritas en distintos tiempos,
huellas del deseo,
locuras que todavía respiraban
debajo de la tinta.
Leerlas era volver lentamente
a una vida que aún permanecía abierta.
Entonces aparecía la serpiente.
No como amenaza,
sino como revelación del cambio.
La desnudez de su piel abandonada
me hacía comprender
que vivir también consiste
en desprenderse de ciertas sombras
para continuar respirando.
Tus anhelos florecían en ese pensamiento
como flores que abren sus pétalos
sin apresurar la luz.
Y tu voz…
Tu voz permanecía enredada en los muros de la casa,
mezclada con el aire de las habitaciones
y el silencio de los corredores.
A veces el viento la desplazaba lentamente
hasta mi ventana,
como si el mundo quisiera recordarme
que toda presencia verdadera
deja una resonancia en las cosas.
Entonces regresaban tus manos.
No las veía del todo,
pero su cercanía bastaba
para transformar el espacio.
Mi mirada, embriagada por la memoria,
seguía la caricia invisible
que atravesaba los tejados
y descendía lentamente sobre la noche.
La flor cerraba sus pétalos.
El jardín comenzaba a oscurecer
y, sin embargo, el aroma permanecía despierto,
flotando frente a mi ventana
como una respiración suspendida en el aire.
Abría los ojos al recuerdo.
No para retenerlo,
sino para habitarlo plenamente un instante más.
Me ataba a tus caricias
como quien vuelve a una casa antigua,
y me tendía en la oscuridad.
Allí el silencio adquiría espesor.
Las cosas recuperaban lentamente su nombre
y la noche, despojada de su sombra,
se abría con su espacio de acogida.
Tu ausencia ya no era distancia.
Permanecía en el aire,
en la respiración compartida de los días,
como aquello que, sin mostrarse del todo,
sigue acompañando el camino.
Entonces comprendía la luna.
No como un astro distante,
sino como una apertura silenciosa del mundo.
Su luz ensanchaba los espacios interiores;
hacía visible la profundidad del aire,
la lentitud del tiempo,
la delicada cercanía de tu ausencia.
Yo permanecía allí,
dentro de las ansias de esa claridad nocturna.
Tu presencia hacía temblar mi mirada.
Tus ojos ardían lentamente en mí
como una brasa protegida del viento.
Y mientras el aire descendía desde la luna
hasta tocar las ramas y los tejados,
me dormía poco a poco
en el lecho invisible de su aliento.
Entonces el silencio dejaba de ser vacío.
Se convertía en la casa donde el amor, la memoria y el lenguaje
respiraban juntos,
abiertos todavía
a la revelación de la noche.