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Te miro desde la otra calle, inversa,
libre de charcos, de perros,
de insomnio,
de encontrar siempre las cosas que perdemos;
con un espantapájaros y una promiscua promesa mimada por tías.
El estiaje finaliza en la espuma sagrada,
voceaba el diario en su último día:
—Y nadie le rezará a esas difamadas existencias por más esfuerzo que hagan—.
(Decía el viento tapándose la cara).
Ínfimo el corazón, esclavo superficial,
luciérnaga podrida genera absurdos en la luz.
Luego de las trapacerías de la roca santa,
desde el espejo del placer a la fiebre brava,
mecedora meretriz boca abajo
le da palidez a la noche.
Y uno con una noche de dos días
y un cigarro que se retuerce plateadamente.
El humo huye como de costumbre:
huele portadas y huye de la mala maña.