Eros Corzo Camacho

Verso libre XVI El hombre que se convirtió en océano (A Miguel Grau)

Mientras otros alimentaban su gloria con sangre ajena, tú recogías del agua los cuerpos enemigos, como si rescataras hermanos perdidos de una misma patria rota por el destino. Qué inmensa debió ser tu alma para no quemarse en medio del fuego, para no endurecerse entre cañones y tempestades. Mientras la guerra devoraba nombres y sembraba ausencias sobre el mar, tú todavía encontrabas tiempo para la compasión.

 

¿Cómo se le habla a alguien que se volvió leyenda sin dejar de ser hombre? ¿Cómo nombrar a quien halló humanidad donde otros sólo encontraron enemigos? No fueron los combates los que te hicieron eterno, sino aquella nobleza imposible que sobrevivió en tu corazón cuando todo alrededor parecía rendirse al odio.

 

Por eso el Perú no te recuerda: te respira. Estás en el rumor de las olas que golpean el puerto, en el viento salado que cruza las costas, en la memoria silenciosa de un pueblo que aún encuentra en tu nombre una lección de honor. Hay héroes que pertenecen a los libros, pero tú perteneces al alma de una nación.

 

Algunos seres humanos terminan mezclándose con la tierra. Otros se confunden con el cielo. Pero hay unos pocos destinados a fundirse con algo más inmenso. Y tú, Miguel Grau, te convertiste en océano: profundo en la adversidad, inmenso en la grandeza y eterno en la memoria de nuestro pueblo.