En el acuario espeso de los años mudos,
un pez de antimonio se tragó las horas,
de metal frío nadando al revés.
Tú estabas allí, mi amor de juventud,
vestida con el teorema de los desencuentros,
mientras yo multiplicaba panes de silencio.
Fuimos el desierto que olvida su sed, donde
tu brújula apuntaba a los incendios del frío,
y la mía, a las llanuras donde el agua se congela en el envés.
Tus manos resolvían nudos cortando la cuerda,
mientras yo hilaba la niebla con agujas sordas,
con recuerdos eróticos de espacios abiertos.
Dos naturalezas que se miraban de perfil,
como dos estatuas de sal en una estación sin trenes,
faltaba el puente de las palabras descalzas,
sucumbió el mapa, la linterna, el telegrama de los ojos.
La información se volvió un bosque de ceniza
donde las esquinas no sabían encontrarse
en esa ausencia a medias, en ese goteo lento,
el egoísmo fue poblando las sillas vacías,
pesado como un piano cayendo en cámara lenta
hacia el centro de la desidia.
Entonces te fui infiel, con tu propio fantasma,
en las sábanas de una memoria que ya no nos reconocía,
en el adulterio de sombras, un pacto con el vacío,
porque el diálogo era un teléfono descolgado en el fondo del mar.
Hasta que el reloj de arena se llenó de pólvora,
y estalló la incomprensión como
grito de pájaros ciegos saliendo del pecho,
en un Big Bang de espacios rotos
donde ya nadie sabe qué trozo de vida
le pertenecía a su propio cuerpo.