Así retoces sobre la ventura
o le hagas el amor a tu confianza,
el buen samaritano siempre alcanza
a darle a tu alborozo alguna cura.
Que tu entusiasmo sufre calentura,
dirá, por arrastrarte a su mudanza,
sembrando en tu jardín la desconfianza
hasta trocar el brillo en noche oscura.
Y cuando, ya rendido al desaliento,
tus ánimos se rompan en retales,
te mostrará, piadoso, su receta.
Entonces alzará su tratamiento
para enmendar de nuevo los pedales
que él mismo escacharró en tu bicicleta.