Se cree una deidad egipcia el filósofo de la casa, pero la verdad de las cosas es que duerme dieciocho horas diarias y su mayor logro intelectual es perseguir un punto rojo que no existe.
No le pidas que te salude cuando llegas, él no es un perro faldero. Te mira desde lejos con desprecio, juzgando tu corte de pelo, tus decisiones financieras y la marca barata de sus galletas.
Eso sí: a las tres de la mañana le baja la locura, corre como poseído por el pasillo, bota un vaso de agua de la mesa y exige que le abran la puerta para mirar el infinito... y decidir no salir.
Así es el tirano de cuatro patas: nos cobra arriendo en caricias, nos llena la ropa de pelos y lo peor de todo es que le seguimos pidiendo perdón.