Hay quienes no temen a nada.
Yo no soy una de ellas.
Le temo a las palabras dichas,
que caen y nadie percibe.
Al ahogamiento con mis propias sílabas,
mucho antes de poder soltarlas.
Tiemblo.
Me rompo.
Mi voz se pierde entre la multitud,
como un eco que no encuentra sus paredes.
¿Cuándo abandonará mi cuerpo… este temor antiguo?
¿Cuándo podré respirar… sin pedir permiso?
El camino al bienestar
es un suelo lleno de grietas invisibles.
Palabras que dejan marca,
llantos que desbordan ríos.
Mientras la luz me encuentra,
hago de la oscuridad mi trinchera
y espero a que el silencio…
sea paz.