Hammam
La sala templada respira bajo la cúpula.
Huele a eucalipto, piedra mojada, laurel.
El vapor escribe letras invisibles;
la luz hierve en mosaicos húmedos
y el agua marca el compás —gota, gota—.
Entro y ya eres temperatura en el aire.
Mi cuello —llave— aprende tu aliento,
la piel abre poros de campana,
y el mármol, tibio, me reconoce la espalda.
Deslizo el cuenco por tus hombros:
liturgia de agua que te inaugura.
Tu palma me vuelve como quien gira
un ánfora antigua;
el vapor nos corona con su niebla.
Me arrimas a la piedra caliente:
mi columna encuentra la curva exacta,
tu pecho se alinea con el mío,
y el mundo se queda fuera del domo
como una toalla en la puerta.
Nos besamos: sabe a menta negra y resina clara,
a cobre dulce de los grifos cantando.
El aire, espeso, acentúa donde tocas;
mi risa abre un claro en la niebla.
Hervor I . . .
Pasas la esponja por mi costado: nervaduras de espuma,
geografía en tu yema.
La pared suda leche de luz —condensación blanca—
y el azulejo nos devuelve el pulso en silencio.
Hervor II . . .
Sube el vapor por dentro.
Mi nombre vibra en tu garganta;
el tuyo atraviesa la mía como trémolo de bruma.
La cúpula recoge nuestros ecos
y los alza en música caliente.
Hervor III . . .
La estancia asciende entre mis muslos,
tu pulso reconoce el umbral.
El mármol guarda nuestro mapa encendido,
las gotas nos beben la espalda,
y el domo baja un milímetro para escucharnos.
Arde la orilla.
Tu mano dibuja arabescos en mi vientre,
mi boca te aprende la sal del vapor;
y por la pared resbala una vena de leche de lámpara,
luz blanca que chorrea el azulejo como un secreto.
Cuando el hervor baja su grado,
queda eucalipto en la lengua,
brillo de baño turco en la piel.
Me quedo en el calor del mármol;
la niebla nos vuelve silencio.
Postludio
Me queda niebla en la boca,
piedra tibia en los omóplatos,
tu eco húmedo en la cúpula;
si cierro los ojos,
la fuente nos prononcia
y el agua nos vuelve a llamar.
Autor
© Nelly Cevallos-Liora
de junio al año 2026