Luis Barreda Morán

La Casa de Los Ecos

La Casa de los Ecos

Hay amores que no terminan.

No porque desafíen a la muerte,
ni porque tengan fuerza suficiente para vencer al tiempo,
sino porque encuentran un lugar secreto
donde seguir viviendo.

A veces habitan en una fotografía descolorida,
en una carta guardada entre libros viejos,
en una silla vacía junto a la ventana.

Y otras veces,
habitan en una herida.

Yo conocí a un hombre
que caminaba acompañado por fantasmas.

No los fantasmas que asustan a los niños,
sino aquellos que se sientan a tu lado en silencio
mientras tomas café por la mañana,
los que ocupan el asiento vacío del automóvil,
los que respiran detrás de cada recuerdo.

Durante años fingió estar entero.

Aprendió a sonreír cuando era necesario.
Aprendió a responder preguntas.
Aprendió a estrechar manos,
a agradecer aplausos,
a regresar a casa cuando el día terminaba.

Pero nunca aprendió a olvidar.

Porque hay ausencias
que no abandonan la casa.

Se esconden en los pasillos,
en los armarios,
en la ropa que nadie volvió a usar.

Permanecen allí,
esperando.

Cada noche abría un cajón
y encontraba el mismo pasado.

Una nota.
Un objeto insignificante.
Una promesa detenida en mitad del camino.

Y el corazón volvía a romperse
como si todo hubiera ocurrido hacía apenas unos minutos.

Así son ciertas pérdidas.

No envejecen.

No se vuelven más pequeñas.

El dolor cambia de forma,
pero nunca desaparece.

Al principio es una tormenta.

Después una lluvia constante.

Finalmente se convierte en niebla.

Y uno aprende a caminar dentro de ella.

Aprende a vivir sin ver claramente el horizonte.

Aprende a respirar tristeza
como quien respira aire.

Hubo días en que creyó escuchar una voz.

No una voz real.

Solo el eco de una memoria.

Una sílaba perdida entre los años.

Un susurro escondido en el ruido del mundo.

Entonces cerraba los ojos
y escuchaba.

Escuchaba con la desesperación
de quien busca agua en el desierto.

Escuchaba porque aún esperaba.

Porque el amor tiene esa extraña costumbre:
sigue esperando incluso cuando sabe que no debe hacerlo.

Sigue mirando la puerta.

Sigue guardando espacio en la mesa.

Sigue dejando una luz encendida.

Y aunque la razón explique la verdad una y otra vez,
el corazón continúa imaginando milagros.

Pasaron estaciones.

Pasaron inviernos interminables.

Pasaron veranos que no lograron devolver el calor.

Y el hombre siguió adelante.

No porque fuera fuerte.

No porque hubiera sanado.

Sino porque el tiempo obliga a caminar.

Los relojes no se detienen por nadie.

Los amaneceres llegan.

Las calles se llenan de gente.

La vida continúa empujando.

Y uno avanza,
aunque arrastre detrás de sí
un océano entero de recuerdos.

A veces se sentaba solo
cuando el mundo ya dormía.

Entonces hablaba con quienes no podían responder.

Contaba cómo había sido el día.

Contaba las pequeñas cosas.

Las insignificantes.

Las que nadie más entendería.

Y por un instante
la soledad parecía menos inmensa.

Porque el amor no necesita presencia para existir.

Necesita memoria.

Necesita un nombre pronunciado en silencio.

Necesita alguien dispuesto a recordar.

Eso era lo que él hacía.

Recordar.

Recordar hasta convertir el recuerdo en una patria.

Recordar hasta que la nostalgia tuviera forma de hogar.

Recordar hasta que el dolor y el amor
se volvieran indistinguibles.

Y cuando la noche era demasiado larga,
levantaba la mirada hacia la oscuridad
como quien busca una estrella perdida.

No esperaba respuestas.

No esperaba señales.

Solo quería creer que, en algún lugar,
todo aquello que había amado
seguía existiendo.

Quizá convertido en viento.

Quizá convertido en luz.

Quizá convertido en música.

Porque algunas personas se marchan,
pero dejan su voz suspendida en el mundo.

Y quien las amó
pasa el resto de su vida escuchando.

Escuchando entre la lluvia.

Escuchando entre los árboles.

Escuchando en los sueños.

Escuchando en el silencio.

Esperando encontrar una última palabra.

Una sola.

La palabra que nunca llegó.

La palabra que quedó atrapada
entre dos latidos.

La palabra que el tiempo robó.

Y así envejeció.

Con una ausencia en el corazón 
y una esperanza imposible entre las manos.

No venció al dolor.

Nadie vence al dolor.

Simplemente aprendió a llevarlo.

Como se lleva una cicatriz.

Como se lleva una fotografía en el bolsillo.

Como se lleva una canción que nunca termina.

Porque hay amores que no terminan.

No desaparecen.

No descansan.

Solo cambian de lugar.

Y cuando el mundo guarda silencio,
todavía pueden escucharse.

Viven en los ecos.

Viven en la memoria.

Viven en el corazón de quien sigue llamándolos
aunque sepa
que nadie responderá.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Diciembre, 2018.