Sé que ya no tengo la llave
para entrar a donde antes era mío.
Sé que la puerta cambió,
que del otro lado
ya no me esperan,
que romperla sería solo
hacerme más daño.
Y aun así la guardo.
No por necedad,
no por no entender lo que es obvio,
sino porque todavía vive en mí
esa esperanza sin nombre,
la que no se razona,
la que simplemente persiste
como una vela encendida
en un cuarto que nadie visita.
Algún día, tal vez,
ella querrá abrir desde adentro.
Y yo voy a seguir aquí,
con la llave en la mano,
sin saber si eso es amor
o si es no saber soltarla.