Aquí me tengo, en este cuenco vivo,
esta corteza fiel que me ha tocado;
por abriles y lunes masticado,
en mi andar de elemento transitivo.
No busca el azogue la corona,
de mi rostro sumiso y su lamento;
son otoños de sal que lleva el viento,
y un pecho torpe que jamás perdona.
Fui la promesa de la arcilla tierna
que el tiempo fue limando con su espina;
hoy soy ceniza seca que camina,
adioses y canción que no es eterna.
Pero en este naufragio que me toca,
bendigo mi derrota y mi amargura.
Mírame bien, de pie sobre la anchura,
vencido por los días y la roca,
salvado por mi propia desventura.