Lírica mujer,
crepúsculo marino de brumas cálidas;
eres luna invernal de pinceladas grises
que enciende su misterio sobre la noche.
Sombreas tu boca —hierbabuena y limón—
con lentejuelas rojas, lirios frescos
y vinos encendidos que palpitan en tu piel.
Tu boca, fantasma salobre de mar,
tiembla entre chispas de soles y lunas,
despertando un hálito secreto de fuego y deseo.
Tus labios, hondos y ávidos,
susurran silencios que estremecen;
tejen trampas suaves para los amantes fugaces
que caen rendidos en tus mareas.
El amante apacible,
como ola que vuelve a su origen,
se inclina ante la claridad que brota de ti:
una luz perdurable,
fina llama que arde sin estruendo,
nombre secreto que resplandece
aunque nadie lo pronuncie.
Y entonces, deslumbrado,
no anuncia su entrega:
se disuelve. Vuelve convertido en rumor de brisa,
en eco mínimo que vibra en el aire,
dejando tras de sí la música tenue
de tu amor que no cesa de alumbrar.