Yoel Ferrat Martínez

Ruby

 

​Y allí estaban los cuerpos. Amortajados. Apilados. Vacíos. Regresando al polvo y los abismos, viajando por disímiles túneles a través de unos ojos fríos y condenados al gusano. La sangre formaba una neblina que impedía observar los leves giros de un faro a lo lejos. Aquellos cuerpos, como los barcos, serían devorados por el mismo monstruo o algo parecido. El hombre que los miraba en silencio, inmóvil, sin expresiones faciales, había atravesado su propio abismo, su túnel; había tragado el humo y el lodo que se servía en banquete terrible bajo la superficie. Él, con sus manos convertidas en pólvora y metal, había cavado sus tumbas y ahora, casi sin voz y con el guiño sutil de la muerte desde el otro lado del espejo, venía a buscarse entre la maleza para encontrar, por lo menos, un perdón sordo.

​Del agua anochecida salió un rostro y se convirtió en su reflejo; era una niña, macilenta, tísica, la que le hablaba en dreams. No sintió miedo. Lo recorrió una profunda lágrima y su cuerpo tembló cuando quiso tocarla; pero ella se difuminó entre las ondas. Quiso llorar, pero el llanto ya no podría traerla de regreso. Se perdió su mirada azul buscando un faro que guiara su barco en tinieblas.

​Despertó entre sudores. Corrió a la ventana y miró a lo lejos: la maleza y el lodo permanecían, pero ya no eran importantes. La niña se había marchado en el único barco que zarpó del muelle, y el faro parpadeó hasta que se apagó para siempre.