Tantas veces uno se pierde para encontrarse, cae para volver a levantarse.
Se enfrentan sombras y demonios para reconocer la luz de lo que sostiene.
Y tantas veces, como una araña tejiendo su paraíso, neurona a latido,
se atraviesan los propios entresijos, las telarañas mentales,
para construir en silencio lo que no puede hacerse acompañado.
Mientras el espíritu se va forjando en un acero sereno, siempre mejorable.
Y así, enfrentando, aceptando, sumando y siguiendo,
con dignidad, conciencia y condición humana.
Al final, más allá de traumas excepcionales o estructuras que condicionan la vida,
cada cual recibe lo suyo:
no solo por el efecto de lo que siembra,
sino por la forma en que piensa,
y, sobre todo, por lo que hace.
Y así, desde que se nace, más allá de las condiciones sociales,
cada vida va trazando su propia cosecha...
ni más ni menos,
ni mejor ni peor.