Sebas 1987

Hormigas de azucar

Hormigas de azucar 

 

Cierro los ojos y ese gran monstruo que llevo a mi espalda me narra su lengua durante la noche.

​Mustio sobre los pellejos del estío.

Estilo de desahogos sobre el desayuno en los brillos nuevos.

​En la puerta, la bohemia incendiando el jardín. A penas, a duras penas, unos cigarrillos me dan el pésame y el humo es extraditado a los espíritus que están en casa nuevamente.

​Me reconforta que coincida; muchas veces son confiables, y otras tantas, humo y albedrío.

​Y luego de regar las plantas, meditaba absorto en un tapete de pelusas y cortezas.

​Las certezas mutan como las preguntas, y se amontonan con las respuestas y las hormigas del azúcar.

​Lo reduzco.

El sol es pequeño.

La luna que me vio dormir podría, si así lo quisiera, guardarla en un monedero. Pero también soy pequeño: solo entro en mis zapatos y en mi sombrero; entonces soy breve, lo sé. Nunca puedo quedar entre los trémolos del tiempo porque soy breve y fúnebre, fugaz como la eternidad mora.

​Y en los ecos del pasillo, las voces que me agradan, las gargantas del alma; esos sonidos que espabilan al silencio, lo ponen en un lugar común y siento que él odia eso.

​El día baja, se posa sobre la medianera. Los libros apenas respiran y la plegaria murió de hambre en la mesa.

​La tez, acerbamente, jura al espejo no anularlo y ser el reflejo digno de la casa. Casa que mañana será demolida para ser otra casa o un cementerio de recuerdos que solo podré poner en el monedero si la luna es breve.

​Lo reduzco, intuyo.

​Respiro y, con hambre, cierro mis ojos. El día está bajo y es alentador, porque concibo la realidad con lánguidos destellos de cordura.

​Hoy nadie envió cartas.

Hoy nadie envió cigarrillos.

Hoy los espíritus me leerán sus cuentos

y seré yo mismo un día más.