Muere el cuerpo y el alma,
pero nunca el deseo
ni la esperanza.
La lucha es corta,
y los años pasan rápido
sin darnos tiempo
de vivir a plenitud.
El cuerpo y la piel
se van pudriendo,
mas el corazón
continúa joven
y anhelante.
Existir con la incertidumbre
de la vida y la muerte…
odiada desdicha del humano.
Y soñamos con aquel bendito
alquimista
que encuentre la fórmula
de la vida eterna.
Mas marchamos,
con pesados pasos,
al Seol,
sin poder detener
la fatídica
desventura nuestra.
Miramos con horror
e inevitable resignación
cómo se van secando
nuestras manos
y labios.
Y apenas abrimos
los ojos a la vida,
caemos rendidos
del sol de la vida
a la paz infinita
del deceso.
Lastimosa situación:
luchar por vivir
sabiendo cuál es
el inevitable destino
de la vida.
El Gehena nos consume
desde cada célula,
cada átomo.
Caemos con los brazos abiertos
y la mente alerta…
sin vivir jamás
nuestro último verano.