Aquella noche no llovió,
pese a los lamentos el mundo
se estaba secando. Fue una sed
inaudita que se grabó en la tierra
y en la piel de todos los vivientes.
Una gota horrorizada se sostenía
de la nube que enturbiaba las miradas.
Cuando no pudo más y se soltó,
bajó como un cometa alimentando
una esperanza absurda. Ni siquiera
pudo acercarse, el calor la desvaneció
junto al aliento de miles de testigos.
La muerte era leve y generosa: Caían
enterrados por el mismo polvo
que levantaban, algunos se encendían
con el roce del aire y llegaban al suelo
convertidos en cenizas. En medio
de la desgracia, un hombre
que tenía una laguna subterránea
de agua dulce, escupió para resaltar
su estirpe divina. Los sedientos
se arrastraron a su alrededor
desde los confines de la tierra.
Anunció que podía hacer llover
y reverdecer el desierto,
que nunca más la sed,
que se ducharían a diario
y vivirían de la pesca,
que construiría bebederos
y piscinas públicas gratuitas,
que por favor voten por él.