Aquí estoy,
con este cuerpo que habitualmente uso,
un tanto gastado por los abriles y los lunes,
asistiendo al persistente oficio de ser yo mismo.
No hay gloria en el espejo esta mañana.
Solo este rostro sumiso,
esta colección de otoños mal contados,
y un corazón que insiste, de manera absurda,
en seguir latiendo al ritmo de mis torpezas.
Fui, lo reconozco, una promesa ambiciosa
que el tiempo fue limando con paciencia,
reduciéndome a este residuo,
a este breve inventario de adioses,
cafés fríos y poemas sin terminar.
Sin embargo, a pesar de los naufragios cotidianos,
declaro que es un honor esta derrota.
Mírame bien vencido por los días, pero vivo,
sosteniendo la mirada a mi propia sombra
con la dignidad que le queda a un superviviente
de sus propios errores