Tropecé con mi suerte
y el traumatólogo me dijo:
“Reposo absoluto, nada de ilusiones”.
Pero yo, obstinado,
me receté mil días de esperanza.
Al quinto día,
cuando el dolor ya bostezaba,
me atropelló la indiferencia
- sin anestesia, sin disculpas -
y la herida volvió a abrirse
como un negocio familiar.
Al décimo día,
me internaron en la sala de urgencias
por exceso de nostalgia:
diagnóstico oficial:
fractura múltiple de recuerdos.
Al día veinte,
el cirujano recomendó amputar
la parte del alma que aún soñaba.
Firmé el consentimiento
con tinta de resignación.
Al día treinta,
me dieron el alta
con una prótesis de cinismo
y un bastón de sarcasmo.
La enfermera me sonrió:
“camine con cuidado,
la indiferencia suele embestir de nuevo”.
Al día cuarenta,
me citaron en terapia intensiva
para rehabilitar la esperanza.
El fisioterapeuta insistió:
“levante el ánimo como si fuera una pesa”.
Yo levanté el vacío
y se me dislocó la fe.
La receta final:
reposo absoluto,
no más medicinas,
cuidar la autoestima
y no consumir ironías,
que para sanar
solo basta
con reírme de mi propia herida.