Hay un monstruo encima de mi cama.
Llega cuando la casa termina de apagarse.
Se sienta sobre las sábanas y abre una caja llena de recuerdos.
Los revisa uno por uno.
Las palabras que no dije. Las puertas que cerré demasiado pronto. Las cartas que nunca existieron.
Tiene mis manos.
Tiene mi voz.
A veces lo encuentro mirando mi reflejo en la ventana, como si buscara a alguien más.
No me grita.
El silencio hace ese trabajo.
Esta noche la lluvia borró los contornos de la ciudad.
El monstruo permaneció inmóvil.
Yo también.
Y mientras amanecía,
no supe
si estaba observando a una criatura
o a una parte de mí
que se negó a desaparecer.