Si el alma es solo el mapa de un destello,
geometría de impulsos que se agota,
la muerte no es esa cuerda, que está rota
ni el hacha que interrumpe lo más bello.
Es solo el apagón del aparato,
el cese del motor, Re sostenida,
la danza de las formas y el relato.
Y después... la muerte, la caída,
el fin del parpadeo de la vida,
la noche en su perfecto anonimato.
No queda un \"más allá\" que nos espere
detrás del escenario destruido,
el pulso que temblaba va al olvido,
regresa a la materia en que se hiere.
No hay juicio, ni balanza, ni condena,
la física reclama su tributo,
el átomo desata su cadena
y vuelve a la raíz del suelo bruto.
Y después... la muerte, el absoluto
silencio donde nada nos condena.
Giramos sin peso y sin \"porqué\",
magnética comedia del instante,
y el viaje de este polvo caminante
encuentra su descanso en lo que fue.
La muerte es la frontera de la danza,
el punto en que la forma se desarma,
sin miedo, sin castigo y sin venganza,
allí donde se apaga cada alarma.
Y después... la muerte, la mudanza
al fondo donde todo se hace calma.