Siempre digo que nunca te necesité, mamá.
Pero es mentira.
O es verdad a medias:
la parte que aprendió a cocinarse sola,
peinarse sola,
plancharse el uniforme mal
porque nadie enseñó cómo se hace bien.
La parte que salió a la primaria
con las arrugas en la tela
y las manos chicas
apretando la mochila
como si ahí dentro hubiera un abrazo.
Estabas en casa.
Esa es la parte más extraña.
No trabajabas, no viajabas, no estabas enferma.
Estabas.
Pero era como si no.
Una presencia sin peso,
una sombra que respiraba
pero no decía \"hija, dejá, hoy descansá\".
Y yo,
tan chica,
aprendiendo sola que el cariño
no es algo que se pide,
sino algo que te dan
cuando te portás bien.
O nunca.
Papá estaba lejos.
Kilómetros lejos.
Rompiéndose el lomo
para darme lo mejor,
eso decían.
Y yo lo creía.
Porque lo mejor era un techo,
era comida,
era la escuela pagada.
Lo mejor era todo lo que se puede comprar.
Pero a los siete años
lo mejor también era un abrazo sin motivo,
una mano en la cabeza después de un examen,
un \"¿cómo te fue?\" que no sonara a trámite.
No todo se trata de dinero a temprana edad.
Eso lo aprendí antes de aprender a multiplicar.
Aprendí que las notas perfectas
no se celebran.
Se controlan.
\"Es tu deber\", decías.
Y yo archivaba el 10
sin ningún \"estoy orgulloso\"
en ninguna de las dos caras del silencio.
¿Qué hace una niña con eso?
Una niña que aprende que su esfuerzo
no es digno de orgullo,
sino apenas obligación.
Que su presencia no se nota
aunque esté en la misma habitación.
Que la ausencia puede estar adentro
y la soledad puede tener nombre
y ese nombre es el de la que te parió
pero nunca supo cómo verte.
Esa niña crece.
Y busca afuera lo que no tuvo adentro.
Busca ojos que la miren con orgullo,
manos que la elijan,
voces que le digan \"qué suerte tengo de tenerte\".
Y como nunca escuchó eso en casa,
acepta cualquier versión barata:
un \" Este sábado si puedo verte”
un \"esta noche sí\",
un te quiero a medias
que sabe a poco
pero es más que nada.
No es casualidad.
El plato de segunda mesa
se sirve primero en la familia.
Cuando te enseñan que merecés las sobras
antes de que sepas lo que es un tenedor,
después cualquier migaja
te parece banquete.
No me acuerdo de tus brazos, mamá.
Pero me acuerdo del uniforme mal planchado.
Y de papá lejos.
Y del \"es tu deber\".
Y de esta mujer que soy ahora
que sigue sin escuchar un \"estoy orgulloso\"
pero ya no espera que llegue de ustedes.
Ahora solo necesita decírselo ella misma.
Y eso,
eso sí que está costando más que cualquier examen.