Después de tantas estaciones
Hubo días de lluvia interminable,
caminos cubiertos de niebla,
puertas que parecían cerrarse
justo cuando buscábamos un lugar donde descansar.
Hubo noches en las que el silencio
pesaba más que cualquier palabra,
y el viento traía preguntas antiguas
que ninguno de los dos sabía responder.
Sin embargo, permanecimos.
No como los árboles inmóviles,
sino como los ríos que aprenden a rodear las piedras;
cambiando de forma, de rumbo, de ritmo,
sin dejar de avanzar hacia el mismo horizonte.
Muchos pensaron que el tiempo
haría su trabajo de desgaste,
que las promesas se volverían polvo
y los recuerdos perderían color.
Pero el tiempo, caprichoso y sabio,
decidió contarnos otra historia.
Nos vio levantarnos después de cada caída,
compartir el peso de los inviernos,
encender pequeñas luces
cuando el mundo parecía quedarse a oscuras.
Aprendimos que amar no es solamente celebrar,
ni caminar entre flores abiertas.
También es sostener una mano cansada,
esperar cuando la tormenta se vuelve larga,
escuchar el miedo ajeno
como si fuera una parte del propio corazón.
Hoy miro hacia atrás
y veo una larga carretera dibujada por nuestros pasos.
Veo los errores que nos enseñaron paciencia,
las despedidas breves que hicieron más duros los regresos,
los sueños que cambiaron de forma
sin dejar de pertenecer al mismo cielo.
Veo dos personas imperfectas
con cicatrices que ya no esconden,
porque entendieron que la belleza verdadera
no nace de la ausencia de heridas,
sino de la valentía de seguir adelante.
Y entonces comprendo
que la fortuna más grande no fue llegar lejos,
sino haber recorrido la distancia contigo.
Porque cada amanecer compartido
vale más que cualquier destino imaginado;
porque la risa que aún reconocemos entre miles
es una especie de hogar que viaja con nosotros.
Aún quedan montañas por cruzar,
caminos desconocidos,
días fáciles y días difíciles.
Pero ya no temo a lo que venga.
Hemos aprendido el lenguaje de la resistencia,
la música discreta de la confianza,
la manera en que dos almas pueden crecer
sin dejar de caminar juntas.
Y cuando los años sigan pasando
como hojas llevadas por el río,
cuando el cabello se llene de plata
y las fotografías se vuelvan tesoros antiguos,
quiero seguir encontrándote
en los gestos pequeños de cada día:
en una taza compartida al amanecer,
en una conversación sin prisa,
en una mirada capaz de decir más
que todos los discursos del mundo.
Porque después de tantas estaciones,
de tantas vueltas del calendario,
de tantas pruebas y renacimientos,
sigues siendo la historia
que elegiría volver a vivir.
Y si la vida me ofreciera empezar de nuevo,
con todas sus incertidumbres y caminos inciertos,
volvería a buscar tu mano,
para escribir, una vez más,
este largo viaje de dos corazones
que aprendieron a convertir el tiempo
en un lugar donde quedarse.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Julio, 2018.