La estación del ser
A estas horas me consuelo
con algo que todavía no sé nombrar del todo.
No es esperanza,
ni siquiera calma,
sino una fuerza discreta
que asciende desde la tierra
y robustece lentamente en mí
el teorema secreto de la primavera.
Permanezco en silencio.
Hay tristezas que sólo el cielo comprende
cuando la tarde comienza a vaciarse de ruido.
Por eso oculto esta claridad que me atraviesa:
nadie debe saber
que arriba, entre las nubes y el resplandor cansado del día,
algo depura mi pena
hasta volverla respirable.
Entonces escucho el viento.
Mi voz intenta medirse con su acento fornido,
con esa manera de atravesar los árboles
sin poseerlos nunca.
Hablar se vuelve otra cosa:
ya no una afirmación contra el mundo,
sino una forma de habitarlo,
de permanecer abierto
a lo que surge entre el aire y las cosas.
Camino despacio.
Procuro que el sol entibie mis pasos,
como si cada huella necesitara encontrar
su sitio entre la luz y la materia.
Hay una notación invisible en el día,
una geometría secreta
que sostiene el movimiento de las hojas,
la inclinación de la tarde,
el temblor de la sangre bajo la piel.
Y dejo que mis días descansen
en lo estivo de unos labios.
Allí el verano conserva
un sabor amargo de monte y profundidad,
como si la tierra respirara todavía
desde el interior de la memoria.
Nada se interrumpe:
el tiempo madura lentamente en las ramas,
el calor humedece las piedras,
y el placer se abre paso
entre la frescura vegetal del mundo.
Yo permanezco solo entre los frutales.
Pero esta soledad no me separa de las cosas.
Al contrario:
me incorpora a su silencio.
Siento las raíces extenderse bajo la tierra húmeda,
la savia ascender con paciencia hacia la luz,
la tarde demorarse sobre los árboles
como una presencia que busca dónde habitar.
Entonces el mar comienza a acercarse.
Primero como rumor,
después como respiración profunda detrás del horizonte.
La vela tensada por el viento
enciende algo antiguo en mí.
No una voluntad,
sino una claridad.
Y me incorporo lentamente,
acerado por esa llama marina
que atraviesa el cuerpo
sin consumirlo.
Comprendo entonces
que la primavera no es solamente una estación.
Es una apertura del mundo.
La manera en que el ser se deja tocar
por la luz, el aire y la palabra.
Todo parece revelarse en ese instante:
la rama, el sol sobre la tarde,
la sal invisible del océano,
la tristeza depurada por el cielo.
Y yo permanezco allí,
respirando dentro de esa revelación,
como si el lenguaje, por fin,
hubiera encontrado una casa
entre el viento y la tierra.