Con mi abuelo te conocí,
estabas en sus labios callados,
los párpados sin abrirse
y sus manos frías,
abrazada a su ataúd.
Eras la peor de las noticias,
el horroroso final de un cuento,
la mayor desgracia de Cristo,
te maldije una y mil veces
cuando te llevaste a mi abuela.
¡Maldita, bastarda!
Viví odiándote.
Hasta que te volví a ver
aliviando una vieja eviscerada,
liberando a ese hombre del cáncer,
dando descanso a la niña abusada
y ahorrandole miseria al recién nacido
con hidrocefalia.
Vi como ungias la herida de vida,
la dolorosa y pesada vida,
a esa que una vez amé y me traicionó.
Incomprendida,
te comprendí ese día,
te sentí ese día,
te amé ese día,
morí ese día
pero el urgenciólogo me condenó
a vivir otra vez...