Benditos sean los lujuriosos que, con su alma insaciable, codiciaron todo lo que camina, se arrastra y vuela; pues de su alma corrupta harán su barca y del deseo que la consume, su remo, en el río que conduce a su cielo.
De pronto me encontré al filo de un río de cristal triturado.
Y vi cómo las almas de aquellos consumidos por la lujuria nadaban contra la corriente.
Ya no eran cuerpos, sino más bien enormes gusanos,
pues carecían de ojos, boca, manos y genitales.
En lo que fuere su rostro,
se podía ver el dolor de cada corte en su piel, carne y hueso.
Una sensación peculiar recorría todo mi cuerpo.
Erizó mi piel y cada poro se abrió para captar aquella presencia en el ambiente.
En un instante, inconscientemente, me dirigí río arriba.
No sé cuánto caminé; quizá eones. Parecía no tener final.
En un punto creí que solo había dado algunos pasos,
pues no había más que aquel río tortuoso.
A punto de abandonar aquella travesía, me encontré con el borde de un gran mar, y de él nacían incontables ríos de vidrio triturado.
Dentro de ese mar había ojos mutilados, y de sus lagrimales caían, a modo de cascada, cristales molidos.
Casi imperceptiblemente pude escuchar algo; no eran cánticos ni promesas, sino leves quejidos que parecían gemidos.
Esos ojos tenían la mirada fija en una boca de un millar de muelas que devoraba a aquellas almas descarriadas.
Al fin pude salir de aquel horrible lugar.
Salí.
Pero algo de mí se quedó en aquel río.
Y algo de aquel río se quedó dentro de mí.