Hoy me dieron ganas de escribir un cuento, amaneció lloviendo en Fresnillo y para mi este clima es perfecto para detonar la inspiración. En esta ocasión escribí algo diferente a los que he hecho. Me gustaría que me dieran su opinión, se los agradecería mucho. La idea es que el lector sea el primero que se da cuenta de lo que verdaderamente ocurre, mucho antes que el mismo protagonista del cuento.
\"LA SOMBRA DEL DESIERTO\"
Vivo con mi tía Clara. Mis padres me dejaron con ella hace cinco años, cuando se mudaron a los Estados Unidos. Ya voy en sexto de primaria y pronto será mi graduación. Eso me pone muy contento porque mis papás vendrán a verme; al menos eso me dijo mi tía el otro día, mientras regaba sus geranios en el patio. La verdad es que ya quiero entrar a la secundaria. Estoy ansioso por conocer nuevos amigos.
Mi tía Clara y yo vivimos en una colonia muy tranquila. Las noches aquí son serenas y la lámpara del poste que alumbra nuestra calle a veces falla. Casi todos nuestros vecinos son adultos mayores que solo salen de sus casas para lo indispensable. Los carros pasan poco y los ruidos son escasos. La verdad es que nuestro barrio es muy aburrido, salvo por el gorgoteo de la lluvia en verano, que lo anima un poco, y por lo que ocurre los miércoles y los viernes.
Enfrente de nuestra casa hay una finca olvidada, una construcción a medias que está junto a la casa de don Evaristo Sánchez, a quien suelo hacerle mandados y que, por cierto, me da muy buenas propinas.
A esa edificación inconclusa le digo de cariño La sombra del desierto, y siempre la miro por las noches con cierta nostalgia.
No tengo televisión en mi habitación y como mi tía quiere que apague la luz temprano, la ventana se convierte en mi única distracción antes de dormir.
En la casa cenamos muy temprano. Para las nueve de la noche ya tengo que estar en mi alcoba, pero el sueño me llega hasta mucho después. Y ahí me la paso, asomado entre las cortinas agujereadas viendo la calle y escuchando cómo los grillos intentan romper el silencio del barrio.
Todos los miércoles y los viernes ocurre un milagro en nuestra calle. Creo que soy el único que se ha dado cuenta: dos personas logran romper la quietud de la noche, incluso más que los grillos.
Esos días siempre sucede lo mismo. El reloj marca las nueve y media y, enfrente de mi casa, se estaciona un auto pequeño de color negro, justo frente a La sombra del desierto. Allí, una mujer elegante, de aproximadamente cincuenta años y cabello rubio, espera a un hombre.
Al poco tiempo, un muchacho llega caminando y se mete al vehículo para platicar con ella durante casi una hora; luego, ambos se retiran tal como llegaron. Yo los observo escondido entre las viejas cortinas de mi cuarto e intento pasar desapercibido; procuro ser una sombra más en ese océano de aparente calma y oscuridad.
A veces la lámpara del poste me ayuda a distinguir mejor lo que sucede; otras, su intermitencia me niega los detalles, los vuelve niebla y me manda a dormir.
Han pasado muchas semanas y creo que ya descubrí lo que sucede en ese automóvil. Estoy casi seguro de que esa señora es la hermana mayor de ese muchacho, porque se tienen mucha confianza. Se nota que ella le cuenta cosas que la ponen triste y también otras que la hacen feliz.
He visto que, de repente, el sentimiento la vence y baja la cabeza hasta apoyarla sobre las piernas de su hermano. Él no se mueve; nomás le pone las manos sobre la cabeza para consolarla y deja que se quede ahí un rato, en su regazo. Parece que la señora llora muchísimo, porque desde donde estoy alcanzo a ver que su cabeza se mueve como si estuviera sollozando.
Después de un rato, ella vuelve a sentarse derechita, con la cara mojada. Entonces él saca un pañuelo, o a veces papel, y se lo da para que se seque las lágrimas. Yo creo que debe ser muy bonito tener un hermano que te escuche y te consuele así.
El rostro de la señora nunca se me ha olvidado, sobre todo por esos ojos grandes y bonitos que tiene. El del muchacho, en cambio, casi no logro recordarlo; usa gorra y casi siempre lleva la mirada hacia abajo.
El otro día sucedió algo extraño. Noté que la señora estaba llorando en el regazo de su hermano. Luego se acomodaron y decidieron bajarse del vehículo. Me llamó mucho la atención que se refugiaran en La sombra del desierto. Vi claramente cómo se perdieron entre alguno de los cuartos de esa finca abandonada y tardaron como media hora en salir. Cuando por fin aparecieron, alcancé a notar que la señora sonreía mucho. Después volvieron al automóvil por unos cinco minutos y, antes de despedirse, se dieron un abrazo. Yo creo que ella se sintió mal. Había llorado mucho y por eso bajaron del auto: para tomar aire y destrabar un poco las piernas.
Han pasado varios meses y los miércoles y los viernes ya no son los mismos. La señora y su hermano no han vuelto a verse por mi calle. La última vez que los vi fue aquel miércoles en que se internaron en la construcción inconclusa. No sé qué habrá pasado.
Hace dos días fue la ceremonia de fin de cursos en la primaria. Me llevé una gran sorpresa al darme cuenta de que la madrina de mi amigo Julián era, ni más ni menos, que la señora rubia que visitaba mi calle los miércoles y los viernes; sí, aquella mujer que solía esperar a su hermano por mi casa. La reconocí inmediatamente. No había olvidado su rostro ni esos ojos tan grandes e imponentes. Ese día llevaba un elegante vestido color beige y estaba acompañada por su esposo.
El asombro me acompañó durante toda la ceremonia, porque resultó que mi tía Clara conocía a la señora rubia. Ese mismo día me contó que le decían Karly. No sé por qué, pero en ese momento le pregunté si la señora Karly tenía hermanos. Mi tía me respondió con toda la seguridad y naturalidad del mundo:
- Imposible, ella es hija única.