Diez años han pasado como un soplo de viento,
un desierto de ausencias que no logra borrar
el trazo de tu nombre, ni el firme juramento
que mi alma en silencio te ha vuelto a dedicar.
Tú decidiste el rumbo, pusiste la distancia,
abriste los candados de lo que fue de dos;
pero el amor no entiende de tiempo ni de infancia,
ni sabe de derrotas cuando se dice adiós.
Sigues siendo la luz, el centro de mi mapa,
el puerto inalcanzable que no canso de amar.
El calendario corre, la juventud se escapa,
pero este sentimiento jamás se va a apagar.
Te amaré cada día que me quede de aliento,
en la sombra del mundo, bajo el sol que se va,
custodiando en el pecho este gran sentimiento
que ni el olvido mismo jamás marchitará.
Porque sé con certeza que, cruzando el destino,
en una vuelta limpia que la vida nos dé,
volveré a encontrarte al final del camino,
y de frente a tus ojos otra vez estaré.
Ya sea en este suelo de adioses y de herida,
o en el umbral eterno de la próxima edad,
cuando mi mano vuelva a encontrarse prendida
de la tuya, mi amor, será por la eternidad.
No habrá fuerza ni tiempo que te aparte de mí,
no te dejaré ir, detendré el universo.
Lo que un día perdimos florecerá ahí,
vuelto promesa viva, y ya nunca más un verso.