No sé si es el amor de mi vida
o apenas un ensayo
que el destino me da para que aprenda
a despedirme.
Tiene veinticinco, veinte años mi existencia,
pero ya acumula encuentros como monedas
que gasto siempre en la misma máquina rota:
él aparece, yo me enciendo,
él se va, yo me apago.
Lo conozco de antes.
De antes de saber que el amor dolía.
Y cada vez que vuelve
(por casualidad, dice él)
yo ya tengo lista la casa,
la mesa puesta,
el abrazo que le guardé
durante todos los meses que no estuvo.
Para él soy un vínculo vacío.
Un \"cariño\" que se da sin compromiso,
como quien deja caer migajas
y se sorprende de que siempre haya un pájaro
recogiéndolas.
Pero yo podría acostumbrarme.
Podría vivir de estas sobras,
creer que un mensaje a las dos de la mañana
es una declaración,
que una tarde de cine y una noche en su pecho
son un contrato firmado.
El problema
ay, el problema
es que él se va.
Y cada vez que se va
me deja aquí,
con los sentimientos en la mano,
calientes todavía,
y nadie a quien dárselos.