Solo te pido una cosa: nunca te olvides de mí.
Mientras tanto, yo seguiré aprendiendo a vivir en esta soledad que dejó tu ausencia. No ha sido fácil. Hay días en los que los recuerdos llegan sin avisar y se convierten en una dulce tortura; momentos en los que tu nombre aparece en mi mente y mi corazón vuelve a buscarte, aunque sepa que no puede alcanzarte.
Tu ausencia me desgarra sin compasión. Dejaste un vacío que ninguna palabra puede llenar. A veces cierro los ojos y tu imagen aparece como un sueño hermoso, uno de esos sueños que traen paz al alma y hacen olvidar por un instante todo el dolor. Allí estás tú, sonriendo, iluminando mis días como siempre lo hacías. Pero cuando despierto, la realidad vuelve a golpearme y ese sueño se transforma en el más profundo de los dolores.
No sé dónde estés, ni cómo estés. No sé si la vida te sonríe o si también cargas silencios en el corazón. Lo único que puedo hacer es confiar en Dios y pedirle cada día que te cuide, que te proteja y que bendiga cada uno de tus pasos.
Y aunque la distancia, el tiempo o las circunstancias nos separen, quiero que sepas que hay una parte de mí que siempre llevará tu recuerdo con cariño. Porque hay personas que dejan huellas tan profundas en el alma que ni la ausencia ni los años logran borrar.
Por eso, mientras Dios escribe nuestro destino, yo seguiré guardando tu recuerdo en el rincón más sincero de mi corazón, esperando que dondequiera que estés, la vida te regale la felicidad que mereces y que, de vez en cuando, al pensar en mí, una pequeña sonrisa te recuerde que hubo alguien que te quiso con todo su ser.
Y si algún día nuestros caminos vuelven a cruzarse, quiero que encuentres en mis ojos el mismo cariño que hoy guardo por ti, porque hay amores que el tiempo no destruye, recuerdos que la distancia no borra y sentimientos que permanecen vivos aun cuando el alma aprende a convivir con la ausencia.