Hay cierta ambigüedad entre la muchacha de vestido dominguero
y el sello inquebrantable de mi amor.
Hay cierta lucha entre la plenitud y el agravio que me causa perderte.
Aunque bien sabes que mis días ya casi terminan,
el pájaro abandonó su nido
y la jaula soltó a su presa.
Mi mente se pierde en tu belleza
mientras sumerges tu alma en la mía,
impregnando en mis labios un sabor a miel,
haciendo que mi espíritu reviva una y otra vez.
Yo, Ezilí,
quien renace del polvo; soy y no soy.
Soy el iris ahogado en el llanto de los infelices,
pero también el tálamo de los recién casados.
Porque es mi boca la que come de ti;
porque mis cantos son la melodía de tu rostro
y del cielo que se tornó verde,
mientras el lirio de tus cabellos cobra vida y me habla.
Amor mío, vine del fuego para volverme tierra,
sangre de tu sangre hecha mujer,
energía que te venera,
y corazón
que permanece a tu merced.