Estoy cansada,
pero no de caminar.
Estoy cansada de pensar,
de cargar silencios,
de fingir que todo está bien.
Mi cuerpo descansa,
pero mi mente sigue corriendo
como si tuviera miedo de detenerse.
Hay días en los que no quiero rendirme,
solo quiero apagar el ruido
que vive dentro de mi cabeza
y quedarme en paz un momento.
Porque el cansancio más pesado
no siempre está en los músculos,
a veces vive en el alma,
escondido detrás de una sonrisa.