Sebas 1987

18

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​Tantas veces soñé una fuga, Vallejo, que no sé si ella escapó de mí al final…

​Enamorada fiel de los heresiarcas de mi calle, de los escultores de casiopeas, de esos tipos penumbrosos con largos cuellos de entierro y corbatas de filamentos. Enamorada fiel de los protagonistas de la herrumbre, de fumadores de flores obscenas y bossaneros.

​Fenece de prepo el domingo y un par de ojos desnudos de anteojos le dan el antiguo pésame; de héroes maravillas no hablarán si no asisten al entierro. Hojeo el diario con mi frente desnuda, con una lectura apagada, y el crepúsculo pasa lentamente poniéndome en un costal de momentos rotos y ansias de alquitrán. Luego del vino, el perturbador aire que se oculta detrás de las letras me sopla la sopa, espantando la mosca.

​Jubilosa te sometes al juego de jugos de nucas y reís arbitrariamente del foul de la vanidad digital; reís de mí, de los perros cavadores de cielos, de la lluvia que a veces también se ríe de ti y te besa el pelo. Y siempre tan fiel y tan enamorada que te da miedo levantarte a apagar la luz.

​Del lugar común a la utopía de raíz; de los atuendos de García Moreno de ese futuro del que habla con voz rancia tu abuelo y esa centuria de fantasía que no para de compararte con sus propios sueños.

​Jubilosa me regresó a mi piel, a una cruel aceptación, a un incómodo amanecer de macumbas de amor. Vestida de introducciones, desnuda de toda renuncia aceptada por artesanales. Vestida de lobo comiéndose a sí mismo, flotando como dos dioses en un centenar de nubes rojas.

​Y así sucumbe, en mí solo sucumbe.

​< Conocí una chica que se desnudaba abajo de un higueral, era cebo dulce, una nefelibata inmarcesible; me aclaró las sombras un domingo y se sacó de encima diez años de piel muerta. Me desvinculé de las profecías de la resaca para llevarla tieso a una agradable equivocación, pero sabía de antemano sobre mi mito impersonal, de vaguedad, de narración capciosa, que era solo suyo y nunca, nunca supe ser su dueño. >