José Honorio Martínez Ochoa

Gravitar en tu nombre

Gravitar en tu nombre

 Clavo mi mirada en el vértigo del aire.
No hay todavía claridad suficiente en la habitación,
solo el temblor de las sábanas
y el rastro tenue de las cenizas
sobre las cosas que permanecen.

Camino lentamente.

El aire roza mi cuerpo
como si buscara abrir un lugar dentro de mí.
Todo parece suspendido
en una espera anterior al lenguaje:
la madera, la sombra de los muros,
la respiración que apenas sostiene la noche.

Entonces las palabras llegan.

No irrumpen.
Se aproximan despacio,
como una luz que aprende a entrar por la ventana.
Y cuando tocan mi silencio,
algo despierta en la profundidad del pecho.
Siento la energía del mundo ascender lentamente por mi cuerpo,
como si el aire mismo comenzara a nombrarme.

Escribo.

Pero escribir no es ordenar la oscuridad.
Es permanecer frente a ella,
escuchar cómo respira,
dejar que algo se revele
en la fragilidad de la voz.

Por eso aguardo mi llegada.

No la llegada de un cuerpo,
sino la de una presencia capaz de habitar lo que dice.
Y mientras espero,
una luz se enciende a lo lejos,
solitaria en la torre levantada contra la nada.

Basta esa luz.

No para disipar la noche,
sino para hacer visible su profundidad.

Afuera, las hojas tiemblan.

El viento atraviesa los árboles
y el río, oculto entre las sombras,
parece multiplicar silenciosamente sus corrientes.
Todo entra en una superposición lenta:
el agua dentro del aire,
el aire dentro del tiempo,
el tiempo dentro de mis ojos.

Miro cómo el instante bosteza sobre el mundo.

Entonces mi mirada avanza,
traza una línea breve en la penumbra,
tan frágil como el parpadeo de una estrella.
Siento mi cuerpo gravitar en su eje invisible,
girando alrededor de algo que todavía no comprendo.

Y ese centro eres tú.

Gravito en tu nombre.

No como quien posee una certeza,
sino como quien encuentra una morada
en medio de la deriva.

Extiendo la mano hacia la noche.

La luna cuelga entre las ramas
con una quietud antigua.
Los árboles unen sus sombras
como si custodiaran el comienzo secreto de toda cercanía.

Entonces comprendo
que el mundo no se abre por la fuerza,
sino por la respiración compartida.

Y al pronunciar tu nombre en voz baja,
el aire, la luz y la distancia
encuentran por un instante
una forma de permanecer.

La sombra de tus labios

Me refugio en la sombra de tus labios.

La tarde desciende lentamente sobre la habitación
y el mundo parece detener su ruido
para escuchar nuestra respiración.
Permanezco cerca de ti,
como si la cercanía no fuera un gesto del cuerpo,
sino una forma de habitar el aire.

Afuera, la luz se vacía entre los árboles.
Adentro, todo adquiere otra lentitud.

Entonces comprendo
que también el silencio habita en alguna parte.

Pulso dentro de tu tarde vacía
con una trayectoria apenas visible,
como un astro que avanza en secreto
sin abandonar nunca la oscuridad que lo sostiene.
No sé si camino hacia ti
o si tu presencia abre el espacio
donde finalmente puedo permanecer.

Miro tus manos.

Entre tus dedos aparecen números dispersos,
pequeñas señales trazadas por la luz sobre la piel.
Pero no son solamente cifras.
Hay en ellas una antigua necesidad de sentido,
una voluntad silenciosa
de reunir el caos y ofrecerle una forma.

Pienso en las escrituras primeras,
en la marca cuneiforme sobre la arcilla húmeda,
en la mano humana descubriendo que nombrar
era también resguardar algo del olvido.

Así también nosotros dejamos huellas:
una palabra dicha en voz baja,
el roce de una respiración,
la memoria que permanece en la piel
después del abrazo.

Entonces recuerdo el nombre de los dioses.

No como quien invoca una certeza,
sino como quien escucha un eco remoto
atravesando la noche del tiempo.
Su origen todavía vuela sobre nuestras vidas,
mezclado con el polvo, la sangre y la luz,
como si el mundo entero conservara aún
la huella de un incendio antiguo.

Y algo despierta en mí.

Mi sangre se llena de intentos amorosos,
pequeñas constelaciones que arden bajo la piel.
Cada latido abre una claridad mínima,
una cosmogonía íntima
donde tu fuego encuentra lugar.

Entonces descanso.

Descanso en el almendro del tormento,
bajo sus ramas inmóviles,
mientras el viento atraviesa lentamente la noche.
Allí comprendo que incluso el dolor
puede convertirse en refugio
cuando alguien permanece a nuestro lado.

Después acerco mi oído a tu cuerpo.

Escucho en tus venas
el nacimiento secreto de los deseos,
las memorias inerciales que todavía avanzan
como ríos ocultos bajo la tierra.

Y mientras respiro contigo en la oscuridad,
el lenguaje deja de ser solamente palabra.

Se vuelve presencia.

Una luz tenue entre dos cuerpos,
una morada frágil
donde el mundo, por un instante,
consiente en revelarse.