Una fiesta convocada
a la que no asistió nadie,
las latas de coca-cola
vacía, acumulándose;
unas paredes arañadas
de alquitrán,
una habitación sin huésped,
una luna que ilumina
el sinsabor de su silencio.
La música suena distante
en el estéreo viejo
que poco a poco emula
la habitación que nadie habita.
Sumido en el silencio
nada te pesa
más que el espejo
demostrando años de sospecha
de una enfermedad que lo consume a uno
sin muerte anunciada
más es como una larva
que lentamente consume tu energía.
Los mensajes a cuadros lentos
disparan la memoria
y la consumen con sus ironías
sus frases largas leídas a medias
y la misma respuesta
de despedida.
Poco a poco todo aquello te abraza,
y menos necesitado estás de las sombras,
ni de las fiestas convocadas
que se vuelven disparates,
y el alcohol y el alquitrán
te empachan
como un suero que porovoca el vómito.
Ahora, distante,
alejado del recuerdo,
caminas hacia un quién sabe dónde,
contemplando la suavidad
de un lugar desconocido,
que no huela a tu soledad:
colillas, botellas vacías y diazepam;
cauterizando la herida
para habitar la soledad
con nuevas manías.