Una vez, un hada de cuna, misteriosa, molestó a un demonio.
En su desespero, lo encerró en una caverna similar a una habitación de pasta y cebolla.
Alguien tenía que sacrificarse para liberarlo, puesto que el mal no se deja encerrar.
La veía tan asustada a la pobre hada; le dije que se apartara. Desencadené los cerrojos, mismos que crispaban cuando era niño.
¿Con qué fusil creía defenderme, aquellas horas cuando la veía retorcerse, a mi hada, en el pabellón de cara al pozo del patio?...
¿En qué estábamos? ¡Ah, sí!... Era mi abuela; el demonio de mi agenda.