LA SANTA INQUISICIÓN DE LO NUEVO
Llegó la imprenta una mañana
con olor a tinta y revolución,
y los guardianes de la costumbre
tocaron rápido el gran sermón.
—¡Se acabará la memoria humana!
—¡Morirá el noble copista fiel!
—¡Los libros sueltos por las calles
harán pensar hasta al coronel!
Y mientras tanto, silenciosa,
la rueda siguió su función,
porque el futuro nunca pregunta
si tiene o no autorización.
Los dedos tiemblan ante el cambio,
los labios dictan la condena,
pero el mañana tiene el vicio
de no escuchar la cantinela.
Bendita sea la Santa Inquisición de lo Nuevo,
que quema primero y después pide el manual.
Que llama demonio a cada invento fresco
y acaba comprándolo en oferta navideña al final.
Bendita sea, qué devoción tan singular:
escupir sobre el mañana
para luego irlo a abrazar.
Llegó una cámara de fotos
y el pueblo entero se alarmó:
—¡Esa cajita roba las almas!
—¡Es obra oscura del tentador!
Pero los mismos que gritaban
con indignación y con fervor,
fueron los primeros en posar rígidos
para inmortalizar su honor.
Y así la imagen fue venciendo
el miedo viejo del salón,
mientras el alma, por fortuna,
siguió viviendo en su dirección.
La novedad entra a la plaza
vestida de provocación,
y el miedo sale disfrazado
de sabia conservación.
Bendita sea la Santa Inquisición de lo Nuevo,
que siempre encuentra un motivo celestial.
Si el mundo cambia demasiado,
declara emergencia espiritual.
Pero después, con admirable dignidad,
usa aquello que condenaba
como si fuera tradición ancestral.
El tren era un monstruo.
La electricidad, una locura.
El teléfono, una amenaza.
Internet, una dictadura.
Y ahora la inteligencia artificial
ha llegado al tribunal:
los jueces ya preparan hogueras
con argumentos reciclados del medieval.
Porque cambia el escenario,
pero no cambia el actor:
siempre hay alguien defendiendo el pasado
como si tuviera contrato con Dios.
Yo levanto mi copa
por los herejes de ocasión,
los que escucharon los silbidos
y aun así siguieron la canción.
Porque la historia tiene un vicio:
reírse del acusador.
Cada siglo cambia de invento,
pero conserva al mismo censor.
Bendita sea la Santa Inquisición de lo Nuevo,
eterna patrona del “eso nunca funcionará”.
La misma que negó el mañana
y terminó viviendo en él sin protestar.
Que sigan ladrando los dogmas
desde su cómodo pedestal,
mientras los curiosos hacen historia
y el mundo vuelve a avanzar.
Y cuando llegue el próximo milagro,
volverán los mismos de siempre:
los sacerdotes del “antes”,
los cardenales del “jamás”,
los obispos del “eso no durará”.
Con la solemnidad de quien no aprende,
firmarán otra sentencia contra el futuro.
Y el futuro, tan maleducado como siempre,
seguirá llegando…
seguirá llegando…
seguirá llegando.