Veo en aquel rostro recordado
un espejo de la desdichosa
soledad,
un espejo atroz que no tiene marco,
pero que su cristal es hondo y vasto.
Polvo, sueño y sangre conforman al tiempo,
aquel oscuro río del cual pertenezco
y no se queda quieto, a pesar que la barca de nuestro amor
haya fotografíado
la imagen de aquellos momentos
de la corriente, que vuelven inmortales
en mi debil recuerdo
e incesantes.
Mis pobres ojos no volverán
a ser testigos de ese amor fugaz pero eterno