Hay que aprovechar la hermosura de las flores,
escuché decir alguna vez,
porque su belleza no conoce la permanencia
y vive precisamente en su despedida.
Están hechas para florecer,
para cambiar el paisaje con su presencia,
para adornar silenciosamente los rincones del alma
donde aún falta un poco de color.
Cada pétalo que cae
anuncia que el tiempo sigue su curso,
que nada permanece intacto,
ni siquiera aquello que parecía eterno.
Pero las flores no nacieron para durar,
sino para recordarnos que la belleza
no se mide por los años que permanece,
sino por la huella que deja al marcharse.
Y así, mientras unas se desvanecen,
otras vuelven a nacer bajo el mismo cielo,
enseñándonos que todo se marchita alguna vez,
pero también que siempre existe una nueva primavera.