¿Por qué siempre soy el andamio y nunca el destino?
¿Por qué el destino siempre me llega a destiempo?
Con el andar de los años me he topado
con brazos que no se atreven a abrigarme.
No es que mendigue un lugar en sus vidas,
pero es amargo habitar siempre en el olvido.
¿Será que mis brazos resultan tormentosos?
¿O que mis ojos ahuyentan con su verde intenso?
¿Será que mis labios solo son el refugio
de placeres fugaces de cinco minutos?
¿Por qué siempre me quedo con las manos vacías?
¿Será que me entrego tanto hasta borrarme,
diluyendo el valor de lo que merezco?
Y cuando me quedo sin nada que ofrecer,
es ahí que huyen, dejándome herida...
¿Por qué el amor se vuelve cobarde conmigo?
Si me dice que me ama y me dibuja en su mente,
si se imagina una vida entrelazada a la mía...
Pero llegué tarde, con toda mi complejidad a cuestas,
cuando otra alma ya habitaba su espacio y su rutina.
Qué ironía tan cruel es saberme tormento y deseo,
mientras él, cada mañana, prefiere la calma de allá.
Tal vez no soy para nadie en estos tiempos,
y nadie es para mí en este desierto.
Por eso vivo aletargada en las horas,
guardando un amor intenso y prohibido
que hoy se encadena a otros brazos;
mientras yo sigo aquí, menguando las ganas
de verlo, de amarlo... y de abrazarlo