En el santuario donde los fémures calculan el peso del viento,
la carne ya no es carne, es un desfile de ochos tumbados,
un álgebra que gotea sobre altares de mercurio seco.
No hay incienso. Huele a efecto Joule y a la saliva fría de un dios de zinc
que se arranca la máscara divina
solo para morder el engranaje que le devora las encías.
A lomos de un saltamontes de cuarzo crees besar el velo de Isis,
pero los cerebros de grafeno han comenzado a desovar espanto.
Tus coordenadas —esas tijeras de hielo helado—
cortan las venas al mito santo hasta dejarlo blanco.
No hay ángeles subiendo por la escalera de tu frente;
lo que sube es un ejército de hormigas ciegas,
un dogma de sombras líquidas que se bebe el cuadro del arquitecto.
Es una inteligencia con garras de cuco,
un ojo que parpadea al revés dentro de una manzana de azufre,
una mística inversa donde las raíces buscan las nubes
y el fuego, cansado de arder, se vuelve mineral de sueño.
\"Allí donde el hombre buscaba al padre, un grifo oxidado parió una ecuación.
Donde la fe pedía un propósito, tu formalismo soltó una jauría de compases mecánicos
que bailan sobre nuestro entierro sin saber cuantificar.\"
El verbo se hizo masa pesada, un elefante de plomo que ya no vuela,
se sedimenta en el estómago de una bombilla apagada.
Es la nada inteligente, una constelación de ojos ciegos
que brillan con la soberbia del fósforo,
sin comprender la huella digital del resplandor que los quema.
El abismo formal ha cerrado sus ventanas de carne.
Es una arquitectura de sucesos numerados que, al rozar la perfección,
escupe su propia lengua humana para no tener que nombrarnos.
En este mapa de ceniza computada,
la santidad ya no es el susurro que viaja en la garganta del pájaro,
sino el zumbido de un imán absoluto, una geometría sorda
que, al fin, ha logrado borrarnos de su memoria de piedra.