Con los años he aprendido
Que la vida rara vez derriba una puerta,
prefiere abrir una ventana,
dejando que entre el aire poco a poco.
No suele llegar como una tormenta luminosa
capaz de borrar de un instante
los mapas de nuestras rutinas.
La vida trabaja de otro modo.
Va dejando pequeñas semillas
en los rincones más discretos del día.
Y espera.
Espera en la ventana que abrimos cada mañana,
en el aroma del café que asciende lentamente,
recordándonos que cada día
llega vestido de costumbre
y, sin embargo, nunca es el mismo.
He descubierto que elegir esos gestos
también es una forma de arte.
Porque no todos los hábitos
merecen una habitación en nuestra casa.
Algunos se vuelven sombras,
muebles cubiertos de polvo
que nadie recuerda ya para qué servían.
Otros, en cambio,
encienden una luz tranquila
en mitad de las horas corrientes.
Con el tiempo comprendemos
que vivir también consiste en podar.
En desprenderse de aquello que ya no florece,
para que la savia encuentre caminos nuevos.
Hábitos elegidos con cariño,
capaces de sostener el alma
cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.
Porque al final,
la felicidad suele construir su hogar
con materiales modestos:
un paseo,
una lectura,
una llamada,
una mesa compartida,
un instante de gratitud.
Y el verdadero arte consiste en reconocerlos,
darles un lugar en nuestra vida
y regresar a ellos cada día,
como quien vuelve al jardín que ha sembrado
y descubre, una mañana cualquiera,
que sin darse cuenta
ha empezado a florecer.
José Antonio Artés