Jugué con mi fruto prohibido,
mi apéndice pequeño y dorado.
La lancé al cielo
y volvió convertida en pez.
La guardé en mi bolsillo
y crecieron lunas de papel.
Reía sin boca,
brillaba sin luz.
Cuando quise devolverla al jardín,
ya no estaba.
Solo quedó en mi mano
un olor blanco a sueño.