Hay una casa, allende, en la mitad de la selva,
Rodeada de un aura oscura de gran misterio,
Y gritos prensados en los marcos de sus puertas,
Y sangre hediente de dolor puro en sus adentros.
Casa blancuzca, mansión tan hermosa,
Sepultada en eras de sol y tiempo,
sembradíos de febo Apolo y viento,
de abandono y violencia, ella copiosa.
Cercada por peñascos y la orilla del mar
Donde cinco y dos aprendiéronse, lento, a amar
Un guardián, un sirviente, un dueño y un capitán,
Machiche, fraile y la moza que allá fue a parar,
Doncella que en el ocaso no supo escapar.
Paso por ella, recórrola inquieto,
Y veo colgando aquel esqueleto,
Tieso menjurje y belleza de ayeres,
Víctima prima de execrables seres.
Y a lo lejos contemplo difusos ataúdes
De occisos en tierra adentro, otros en tierra afuera,
A mis pies otros yacen cual de muertos higuera,
Y un sendero a mi diestra es un carnaval de aludes.
Anclada al pasado, sombra y quimera,
Sordo gemido de noche dantesca,
Castillo de muerte e incógnita espera,
Nadie te olvida, de horrores maestra.