Episodio XXIX
El origen de la Varita Mágica
La nave hendía las aguas del Océano de las Intenciones, un dominio donde flotan los pensamientos y voluntades que aún no han hallado voz. El grupo avanzaba con una urgencia preocupante: sabían que la Afonía Final planeaba asolar este territorio para erradicar toda chispa de manifestación intelectual.
La revelación en el Desfiladero de los Fonemas había transformado el aire que se respiraba a bordo, más pleno y cargado de oxígeno e importantes significados latentes que aguardaban ser nombrados. Mientras la nave ascendía con elegancia dejando atrás las escarpadas paredes de piedra acústica del desfiladero, Kelbuk, el bibliotecario, permanecía encorvado sobre el Libro de las Edades, cuyas tapas mostraban un discreto barniz añil. El silencio en cubierta solo era interrumpido por el pasar de esas hojas misteriosas.
Esta travesía de regreso a la Caracola-Biblioteca, tras los intensos acontecimientos del Desfiladero, era el momento de calma que el grupo necesitaba para asimilar lo vivido. A pesar de la amenaza latente de la Afonía Final que aún planeaba sobre el Océano de las Intenciones, el viaje se había convertido en un paréntesis de estudio y reflexión, donde cada miembro de la tripulación buscaba respuestas en los vestigios del pasado.
Titania se acercó al bibliotecario, quien acariciaba con sus dedos amarillentos y nudosos una ilustración que acababa de materializarse en una de las páginas del libro. Era el dibujo de una rama truncada, envuelta en una aureola que claramente imitaba una hoja de arce plateado.
—Titania, acércate —pidió Kelbuk sin levantar la vista, con un tono hierático que parecía emerger del fondo del crepúsculo de los tiempos— Siempre te preguntaste por la procedencia de tu varita que todavía permanece incompleta.
El hada extrajo la media varita de un bolsillo de su cinto. Era la parte metálica que conservaba después de la trifulca con la Reina de las Nieves. Se apreciaba un pulido perfecto, salvo en su extremo superior que lucía una muesca demasiado perfecta, un corte limpio que ninguna habilidad natural habría podido ejecutar, y mucho menos una pisadura accidental.
—El Libro dice que tu varita no fue tallada por mano alguna —reveló el anciano, señalando un pasaje en una lengua muy antigua, compuesta por grafos curvos y puntos— En la Edad en que el mundo era solo un bostezo de silencio, el Diapasón vibró con tal intensidad que desprendió una esquirla de su propia naturaleza mítica que luego se fundió con la madera del Árbol de la Memoria. La otra parte faltante, la que no encontraste aquella noche allá en tu bosque, estaba fabricada con madera extraída de ese primer árbol. Su composición y poder son irrepetibles. Kelbuk señaló un párrafo concreto, y tradujo las palabras arcaicas:
—\"Para que la Magia sea libre, la herramienta debe permanecer íntegra, perfectamente ensamblada; solo así podrá desplegar todo su potencial: nombrar, crear y conservar la puridad del saber\".
—Tu media varita es el Cincel de la Palabra —continuó Kelbuk, mirándola a los ojos— La otra mitad es la Rama de la Sabiduría. Solo cuando ambas partes permanecen unidas es cuando toda la magia se manifiesta en su plenitud. Pero ten cautela: quien posea la otra mitad tiene el poder de borrar lo que tú nombres. Debes encontrar la otra mitad para que su predomino actúe de forma completa.
—Pero... ¿dónde hallarla? —preguntó Titania—. Se quebró durante mi contienda con la Reina de las Nieves. Recuerdo haber chocado con un roble y notar que se desprendía un trozo que luego no pude hallar.
—¿Junto a un roble, dices? — interrumpió el leñador pensativo. ¡hummm! ¿Puedo ver la imagen de la varita completa?
— ¡Por supuesto! — respondió Kelbuk esperanzado mostrándole la imagen— Mira aquí.
Al observar el dibujo el Leñador exclamó con alegría:
—¡Es de una belleza asombrosa! Ahora comprendo todo su valor. La parte que mencionáis no está perdida. La encontré junto a un roble el día después de conocerte, Titania. Me pareció un objeto tan valioso y extraño que, desconociendo lo que realmente era, lo guardé en mi cabaña. No te aflijas, mi gran amiga, esto ha evitado que se perdiera para siempre o cayera en manos equivocadas. Eres afortunada porque el destino quiso que yo la encontrara y la custodiara. Cuando regresemos a nuestro bosque, podremos recomponerla y recuperar todo su inestimable valor.
—¡Vaya!… ¡he estado junto a ella todos los días sin haberme enterado! ¡Podría haber solucionado tantas cosas! —exclamó asombrada el hada.
Llevada por el entusiasmo del momento, Titania intentó hacer un giro triunfal sobre sus talones para celebrar la noticia. Desgraciadamente, calculó mal el espacio en la abarrotada cubierta y su ala izquierda golpeó de lleno el tintero de Kelbuk. El valioso líquido añil salió despedido, dibujando una perfecta parábola antes de aterrizar sobre la pobladísima barba del bibliotecario.
—¡Oh, por los mil abetos, lo siento tanto! —se disculpó el hada, poniéndose roja como un tomate bipolar mientras intentaba limpiar el desastre con la manga de su vestido, solo logrando expandir más la tinta— Ya sabéis que mi espontaneidad... y mi equilibrio... a veces van por caminos divergentes…
El Leñador soltó una carcajada discreta que no pudo contener, mientras Kelbuk, con una paciencia infinitamente superior a la de sus libros, respiró profundamente y se limpió una gota azul de la punta de la nariz.
—Era necesario que llegaras al conocimiento sin apoyarte en el poder de la varita— se aventuró a decir Kelbuk. La vida nos enseña con la experiencia de los hechos cotidianos. Debemos usar nuestra inteligencia y respeto en el trato con todos los demás seres— explicó el bibliotecario reflexivamente.
Las palabras del bibliotecario se asentaron en el pecho de Titania, apagando el ramalazo de frustración por el accidente sufrido. Comprendió que el fragmento no había estado oculto por capricho, sino protegido por el propio entramado del destino hasta que ella estuviera lista. Sabiendo que el reencuentro con su poder completo tendría que esperar a que pisaran de nuevo la cabaña del Leñador, allá en el Bosque Nevado, el hada aceptó el letargo temporal de su magia con una nueva expectativa.
—Entonces, hemos de encontrar el otro fragmento y reunirlos ambos cuanto antes— Y ahora, ¡en marcha! —Urgió Titania y apretó en su puño el mango de la incompleta varita. Lejos de sentir temor, una claridad mística la invadió, reforzando su disposición a mejorar todo aquello que estuviera en sus manos, y en su varita.
El Bajel Celeste viró hacia el Oeste, surcando las fluctuaciones de verde ozono que marcaban el camino de retorno. Pronto, la esplendorosa silueta de la Gran Caracola-Biblioteca apareció en el horizonte. Sus muros de madreperla irradiaban un lustre albo. Sus poros ahora regenerados y limpios expelían un vapor aromático que purificaba el ambiente evitando el regreso pernicioso de los parásitos del olvido.
Al atracar en el puerto de barderas diáfanas y muelles de madreperla, una multitud de pequeños seres de coral y escribas de piel multicolor recibieron con vítores a su mentor.
Kelbuk descendió por la pasarela con una dignidad recobrada. Se detuvo antes de pisar el muelle de su hogar y se giró hacia la tripulación.
—Habéis salvado más que una colección de pergaminos —dijo, haciendo una profunda reverencia —Habéis devuelto la voz a los que habían sido condenados al ostracismo del silencio.
El bibliotecario se dirigió a Titania y le entregó un pequeño estuche confeccionado con la concha de un raro molusco que contenía un curioso diamante rosa y una semilla que emitía un deferente resplandor.
—Es una Llave de Lenguas. Si el Vacío intenta confundir vuestros sentidos en el Océano de las Intenciones, este diamante apartará la verdad de la mentira. Y la semilla... deja que encuentre su lugar en el Bosque Nevado.
—Gracias, Kelbuk —respondió Titania, guardando los objetos en los recovecos de su vestido y sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros—Tu sabia amistad es el mapa más valioso que llevamos.
El Leñador soltó las amarras y el Águila Irisada lanzó un silbo de despedida que profundizó en todas las galerías de la caracola.
El Bajel Celeste dejó atrás la seguridad de la Caracola-Biblioteca y se adentró en una zona de horizontes arqueados de forma insólita, señalando una región donde el agua era puramente emocional. Estaban en las procelosas singladuras del Océano de las Intenciones.
En esta nueva y peligrosa etapa del viaje, la tripulación se mantenía en alerta máxima. A bordo del Bajel Celeste, Ako y Akelia, aportaban sus aguzados sentidos para desentrañar las nieblas del recóndito océano. Su presencia era vital en estas aguas, donde los peligros no eran de roca y tormenta, sino de silencio y desmemoria.
Fue el Águila Irisada quien lo divisó primero. Entre la calima de pensamientos no nacidos, emergió una silueta fantasmagórica. Una extraña embarcación de contornos difuminados, construida con espléndidas maderas de troncos blancos y velas tejidas con antiquísimas hebras del más refinado algodón de los ignotos campos mercurianos, que ahora solo eran filamentos de borra calcinada.
—Es el Nauta de los Olvidos —informó Ako— Transporta los conceptos que fueron interrumpidos antes de ser pronunciados: el poema que un amante no se atrevió a declamar, la idea valiosa que un inventor olvidó al despertar, el perdón que llegó un segundo tarde, y otros no menos valiosos y sorprendentes.
El barco fantasma navegaba sin rumbo, emitiendo un farfullo de incontables sílabas sobrepuestas incapaces de lograr formar una sola palabra inteligible.
—Están atrapados en un bucle de afonía —observó Akelia, al enfocar sus ojos mágicos y detectar unas redes de olvido que asfixiaban a toda la nave— Si no actuamos ahora mismo, esos pensamientos se ahogarán definitivamente en la Afonía Final.
Titania sintió una opresión en la garganta. Al acercarse, la Llave de Lenguas que Kelbuk le había regalado empezó a activarse mediante una radiación ultravioleta. Saltó a la cubierta del Nauta sin que sus pies hicieran ruido alguno. El suelo estaba acolchado con diminutas esferas ingrávidas que encerraban los pensamientos. Cada una contenía la imagen parpadeante de una idea huérfana de dueño.
La opresión que Titania sentía era una intensa empatía de quien contempla el sufrimiento del pensamiento reprimido. Al palpar en su vestido los obsequios de Kelbuk, comprendió de inmediato el propósito de la Llave de Lenguas: el diamante rosa, imbuido con la osmosis de la Caracola-Biblioteca, era la herramienta perfecta para canalizar la energía de su muescada varita, actuando como un puente de frecuencias que el Vacío no podría corromper. Con una determinación renovada, se giró hacia sus compañeros.
—Leñador, Akelia, conmigo. No uséis las armas, usad la mente y el corazón —ordenó Titania.
Finalmente, Titania dispuso el diamante rosa como lente sobre su media varita, proyectando un rayo que liberó los pensamientos de regreso a sus dueños a través del tiempo. Vieron un \"te quiero\" viajar hacia alguien amado y la solución a una complicada ecuación volar hacia un sabio científico.
A medida que las ideas eran restituidas a sus creadores, el barco fantasma comenzó a ganar flotabilidad y solidez, recuperando la blancura de su peculiar maderamen.
La densa sopa grisácea que hasta entonces envolvía a una fantasmagórica silueta comenzó a disiparse, revelando que el barco no navegaba solo por el azar de las corrientes. Aquella forma, que al principio parecía una simple acumulación de humo y desmemoria compactada por los siglos, fue adquiriendo solidez y contornos humanos. Era el Timonel del Olvido, un ser condenado a sostener el timón a ciegas mientras la nave estuviera cargada con el peso muerto de los remordimientos y las ideas truncadas por la Afonía.
En el centro de la cubierta, apareció esta crucial figura que hasta entonces había permanecido invisible: el Timonel, un ánima valerosa que ahora recuperaba su imagen real.
—Gracias, Hada del Bosque— dijo el Timonel con un notable entusiasmo que sonaba a campanas de victoria— Durante muchos años, este peso me impedía ver el camino de las estrellas. Al devolver los pensamientos, habéis aligerado mi carga y devuelto el propósito a mi periplo. Ahora sé cuál es mi rumbo a seguir.
Como muestra de gratitud, el Timonel entregó a Titania una Brújula de Intuición, un extraño instrumento de forma triangular que no marcaba el norte, sino la dirección de aquello que el corazón del viajero más anhelaba encontrar.
Era el momento de regresar al hogar, al Bosque Nevado.
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Episodio XXX
El regreso y el Banquete de la Concordia
El viaje de regreso al Bosque Nevado fue una tranquila travesía por las corrientes a favor de los firmamentos. El Bajel Celeste, impulsado por una brisa cálida que aún exhalaba el aroma de las Tierras de Ámbar, navegó sobre esponjosos océanos de nubes hasta que los viajeros divisaron las frondosas capas nevadas de su añorada morada. Desde las alturas, el inmenso bosque relucía como una esmeralda engarzada en platino. El Velo de la Aurora, invisible pero vigilante, se agitó con una nota de bienvenida al reconocer el regreso de Akelia, su Ninfa Guardiana. Al descender sobre un claro cerca del Dosel Viejo, los amigos fueron recibidos como héroes épicos. Una fina capa de nieve empezaba a cuajar, anunciando la venida del invierno, sin que el frío pudiera molestar el buen ánimo de los habitantes de este hermoso rincón. Entre abrazos de bienvenida y vivas, se acordó una celebración de tres días y tres noches que habría de recordarse durante muchísimos años. Kerencio, el ruiseñor mensajero, fue el encargado de llevar la noticia y las invitaciones a cada madriguera y nido del Bosque Nevado.
Kerencio, sin embargo, se tomó su labor con un entusiasmo tan exagerado que rozaba lo teatral. No se limitaba a entregar el mensaje; aparecía de golpe en las ramas, inflaba su pecho de plumaje pardo y ejecutaba un trino tan agudo que hacía que las ardillas soltaran sus nueces por el susto.
—¡Atención, ciudadanos del musgo y del carámbano! —proclamaba con importancia, consultando un minúsculo pergamino que apenas podía sostener— ¡Se os convoca a un banquete de proporciones grandiosas! Se recomienda asistir con el estómago vacío y las orejas limpias. ¡Habrá comida, habrá música y, sobre todo, estaré yo para narrar las gloriosas hazañas vividas por la intrépida dotación del Bajel Celeste!
Cuando un topo despistado le preguntó si habría raíces almibaradas, Kerencio lo miró con fingida indignación:
—¡Por favor, señor mío! Estamos hablando de un ágape regio, no de un almuerzo austero en un túnel vulgar. ¡Vístase con su mejor pelaje o me veré obligado a picotear su invitación!
Tras dejar a la población del bosque entre confundida y hambrienta, el ruiseñor regresó al claro batiendo sus alas a toda velocidad, deteniéndose solo para intentar, sin éxito, aterrizar con elegancia sobre el hombro del Leñador, acabando enredado en su barba por tercera vez en la mañana.
El Leñador, asistido por un diligente grupo de duendes del boscaje, dispuso largas mesas de madera barnizada que relucían bajo la mirada de la Luna. Preparó un festín de bayas confitadas, hongos suculentos, raíces tiernas, deliciosas trufas de tierra negra y pan de miel que aromatizaba todo el claro. Para beber, se sirvió agua cristalina del riacho, que sabía a ambrosía y a amistad, y néctares de flores aterciopeladas. El tintineo de los rústicos utensilios se mezclaba con el bullicio de los invitados que ya tomaban asiento. El aire frío del invierno se impregnó rápidamente de los vapores de las viandas, creando una atmósfera de hogar y refugio que contrastaba con la inmensidad del cielo abierto. Sin embargo, a las mesas todavía les faltaba ese toque místico que recordara a todos que el Bosque Nevado era un lugar bendecido por los espíritus de la naturaleza. Akelia activó su magia y, con unos movimientos voladizos de sus manos, decoró las mesas con manteles de grandes hojas verdes y flores de pétalos fosforescentes que iluminaron las alegres caras de los asistentes a este generoso festín de la concordia.
La Reina de las Nieves asistió como invitada de honor y aportó una nota de asombro. Con un gesto elegante, regaló a los presentes helados multicolores de sabores fantásticos, granizados de bayas, algodones dulces de nieve, delicias de glaciar y volutas de invierno. Además, trajo un espectáculo de auroras boreales que bailaban al compás de la música. Y con su voz melodiosa, entonó una memorable canción:
—¡Que la nieve, con su paso,
cubra de blanco el sendero!
Que el mundo sea el abrazo
del invierno verdadero.
Bajo un palio de luz plata,
donde el tiempo es puro rigor,
mi corona ya desata
un silencio de esplendor.
No hay latido que no calme,
ni herida que no halle paz;
deja que el frío te desarme
con mi reino tan tenaz.
¡Que la nieve, con su paso,
cubra de blanco el sendero!
Que el mundo sea el abrazo
del invierno verdadero.
No llores por la hoja muerta,
ni por soles que se van;
mi escarcha te abre la puerta
donde tus sueños dormirán.
¡Duerme, bella primavera,
bajo el velo de mi luz!
Soy la blanca mensajera
bañada por su trasluz.
¡Que la nieve, con su paso,
cubra de blanco el sendero!
Que el mundo sea el abrazo
del invierno verdadero.
El silencio reverencial que siguió a la última estrofa fue realmente conmovedor. Todos los presentes contenían el aliento, conmovidos por la magia de la soberana. Titania, con el corazón desbordante de emoción y queriendo rendir honores a la Reina con una reverencia perfecta, dio un paso al frente con excesivo entusiasmo. Desgraciadamente, calculó mal la longitud, sus pies se enredaron con unas ramas caídas y pisó sin quererlo una de las fuentes de granizado de bayas que la Reina acababa de crear.
El resultado fue un vuelo forzoso y nada majestuoso que terminó con el hada aterrizando de bruces en un tazón gigante de algodón dulce de nieve.
Durante unos segundos, solo se vio un par de alas translúcidas agitándose frenéticamente desde el dulce pozo blanco. Cuando el Leñador logró sacarla de allí tirando de sus tobillos, Titania apareció con una enorme y ridícula barba de azúcar pegada a su mentón y un par de bayas incrustadas en su peinado de fiesta. Lejos de avergonzarse, el hada parpadeó, se lamió un poco de dulce de la nariz y sonrió de oreja a oreja:
—¡Majestuosa melodía, vuestra alteza! —exclamó con voz amortiguada por el azúcar—Aunque debo decir que vuestro invierno es... ¡deliciosamente pegajoso!
La carcajada generalizada de los presentes rompió la rigidez del protocolo, e incluso la Reina de las Nieves tuvo que taparse la boca con un guante para disimular una indiscreta sonrisa ante la entrañable espontaneidad del hada.
Al caer la noche, cuando las hogueras se redujeron a ascuas de rubíes y la fiesta se sosegó, Titania se sentó sobre una gruesa raíz del Dosel Viejo. Observaba el entorno, sintiendo el tacto del diamante rosa y la semilla en su regazo.
—Hemos hecho mucho —dijo el Leñador, sentándose a su lado y dejando por fin descansar su hacha— Pero algo me dice que tus alas aún tienen muchos vuelos pendientes.
Titania sonrió, apoyando cariñosamente la cabeza en el voluminoso brazo de su amigo.
—El equilibrio se ha restablecido. Pero el bosque es un libro que nunca deja de escribir páginas. Mañana habrá un rastro perdido en la nieve, o quizás, un visitante que necesite nuestra ayuda. Todo parece imposible hasta que se hace, amigo mío.
—Han pasado muchas historias en todo este tiempo —continuó Titania con una mirada de añoranza— Tuve una gran suerte al conocerte, Leñador. Me enseñaste a comprender el corazón de los animales y de los humanos. Siempre tuviste una paciencia asombrosa con mi torpeza ¿Recuerdas cuando nos conocimos?
—¡Como para olvidarlo! ¡Casi me dejas tuerto! —respondió el leñador riéndose a carcajadas— Por un momento no supe qué me había pasado. Tu media varita se me clavó en la frente como si fuera el asta de un alce... ¡Menudo alboroto!
El viejo hombre permaneció pensativo unos instantes, recordando entre risas aquel accidentado primer encuentro y todos los avatares pasados. No obstante, contagiado por la emoción y la nostalgia del momento, se puso en pie. Su rostro, curtido por los años, se llenó de entusiasmo, de fresca felicidad, y se animó a entonar una canción con su voz gruesa, marcando el ritmo golpeando un tronco caído con el mango de su gran hacha:
—Por los verdes senderos
voy entre árboles altaneros.
Soy un buen leñador,
el más duro trabajador.
¡Hachazo va, hachazo viene!
que el frío ya se nos viene.
Leña seca pal’ hogar,
que el invierno va a llegar.
No talo por antojo
solo por necesidad.
Busco leña que recojo
para toda la vecindad.
¡Hachazo va, hachazo viene!
que el frío ya se nos viene.
Leña seca pal’ hogar,
que el invierno va a llegar.
El viejo roble me saluda
lleno de savia y vigor.
Le pido la venia y ayuda
con respeto y honor.
¡Hachazo va, hachazo viene!
qué el frío ya se nos viene.
Leña seca pal’ hogar,
que el invierno va a llegar.
La arboleda agitó sus ramas en aprobación y el Águila Irisada lanzó un chillido alborozado desde la copa del árbol desde donde participaba en el evento.
Los bardos también aplaudieron, no sin cierto asombro y sana envidia por esa inesperada competencia. Y no queriendo quedar en la sombra ante tal despliegue de talento natural, afinaron las cuerdas de sus laúdes para ofrecer el cierre de la noche, componiendo la que sería casi, casi, su mejor obra: “La Balada de la Ciudad de Ámbar\". un homenaje a los muros de luz y puentes de blanco marfil de la ciudad de Áureo:
—No es oro ni plata
lo que hay que buscar,
es la Ciudad de Ámbar
nuestro eterno soñar.
Viajamos donde el sol baña la piedra,
donde el tiempo se teje junto al mar,
el silencio se enreda en la hiedra
y los libros vuelven a cantar.
¡Oh!, Ciudad de Ámbar, muros de luz
Refugio de sueños, estela del Sur,
tus puentes de nácar queremos cruzar,
donde los bardos van a descansar.
Atrás se quedan la escarcha y el frío,
el viejo bosque y su abrazo ancestral,
navegando las aguas de un indómito río
hacia el horizonte de un reino inmortal.
¡Oh!, Ciudad de Ámbar, muros de luz
Refugio de sueños, estela del Sur,
tus puentes de nácar queremos cruzar,
donde los bardos van a descansar.
Cruzamos océanos, vencimos el miedo,
unimos de nuevo cada roto blasón,
buscando en tus libros el viejo secreto
que aguarda paciente en tu corazón.
¡Oh!, Ciudad de Ámbar, muros de luz.
Refugio de sueños, estela del Sur,
tus puentes de nácar queremos cruzar,
donde los bardos van a descansar.
No es oro ni plata
lo que hay que buscar,
es la Ciudad de Ámbar
nuestro eterno soñar.
Cuando los bardos terminaron, un silencio de respeto reverencial inundó la fiesta. La canción de los poetastros no estuvo tan mal, aunque no se oyeran los esperados aplausos. Titania sintió que la concordia reinaba en sintonía con la última nota.
Incluso la Reina de las Nieves, tan parca en halagos, inclinó levemente su cabeza coronada de diademas radiantes. La balada había logrado algo difícil: traer el calor del sur al corazón del invierno sin derretir la nieve.
Mientras los invitados parecían relajarse y bajar el timbre de sus alegrías y canciones, Titania notó algo pequeño que caía de su capa: era la semilla que le regaló el bibliotecario. Ésta penetró en la tierra húmeda y comenzó a excretar un calor reconfortante derritiendo la capa de fino hielo. Brotaron flores flotantes llenas de luminarias y aromas relajantes que ensancharon aquel bello círculo. Y ante los ojos desconcertados de los trasgos y la mirada fija de la Reina de las Nieves, un brote de un verde iridiscente emergió a la superficie. De la robusta planta creció un grueso tronco que se elevó con la rapidez de un suspiro, retorciéndose sobre sí mismo como cristal líquido que se fue solidificando en un tronco transparente. Las ramas se extendieron como nervaduras de luz, entrelazándose con las copas bajas del Dosel Viejo en un abrazo de dos eras distintas. Las hojas nacaradas se mecían dócilmente, produciendo un rumor constante, de miles de pequeñas olas marinas.
Titania se puso en pie, acercándose al joven árbol. Al tocar su corteza tibia, una imagen cruzó su mente: la gran Caracola-Biblioteca. Comprendió entonces el regalo del bibliotecario. Aquella semilla era de una planta de conceptos y recuerdos que debían perdurar en el devenir del bosque.
De las ramas empezaron a florecer pequeños frutos en forma de campánulas de cristal. Cuando el viento del norte las rozaba emitían idílicos versos sueltos en idiomas olvidados, risas de niños de tierras lejanas y fragmentos de poemas que se creían perdidos durante la Afonía Final.
Los presentes contuvieron el aliento mientras la luz cristalina del nuevo árbol bañaba sus rostros con destellos de un azul antiguo. Nadie se atrevía a romper el hechizo de esa música flotante que rescataba el pasado; incluso los duendes más traviesos permanecían inmóviles, conmovidos por la belleza de los ecos recobrados. El propio viento pareció amansarse, soplando con delicadeza entre las ramas transparentes para no interrumpir el concierto de recuerdos.
—Es el Árbol de las Voces —adivinó Titania, con los ojos empañados—. La Caracola-Biblioteca nos ha enviado un embajador. Mientras este árbol crezca aquí, el silencio absoluto nunca volverá a aposentarse en el Bosque Nevado.
El efecto fue inmediato. Los animales más indecisos, que antes solo observaban, se acercaron a mordisquear las hojas de nácar que caían al suelo. Al hacerlo, sus pelajes adquirieron un lustre plateado y sus ojos parecieron reflejar una curiosidad nueva.
Incluso el Leñador notó que su extraordinaria hacha, apoyada contra una raíz, ya no parecía una herramienta de labor, sino la prolongación de su nobleza. La concordia no era ya solo un sentimiento entre amigos, sino una presencia física, una red de sonidos y fibras luminiscentes que conectaba el cielo argentero con la tierra fértil.
La celebración de tres días llegó a su fin, pero el paisaje había cambiado para siempre. El Bosque Nevado dejó de ser un manto de nieve blanca; ahora era el guardián de la memoria del mundo.
Titania miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a asomar. Sabía que su tarea no había terminado. Y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una amenaza, sino como una página en blanco esperando a ser escrita.
Con las últimas luces de las auroras desvaneciéndose en el cielo de plata, los habitantes del bosque comenzaron a retirarse a sus hogares, llevando consigo el sabor de las baladas y la certeza de que el silencio ya no era un enemigo. Una paz estable, madurada en la concordia y el reencuentro, se asentó sobre las copas blancas del Dosel Viejo.
El hada Titania entornó sus ojos risueños sabiendo que, pasara lo que pasara, su hogar y sus amigos serían su mayor fortaleza.
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Episoodio XXXI
El Último Invierno
Los inviernos en el Bosque Nevado siempre habían sido blancos, pero este año el mundo se había teñido de un gris plomizo. Presagiaba la llegada de un suceso tan fatídico como inexorable.
Pocos días después del aclamado regreso, mientras las brasas agonizaban en el hogar, el leñador le entregó a Titania un pequeño objeto envuelto en una arpillera gastada: la varita mágica restaurada al completo.
—La torpeza nunca se fue, pequeña —le dijo con una sonrisa casi ausente— Pero ahora es parte de tu condición. Siempre caías, y siempre te levantabas. Esa voluntad de hierro, Titania, es tu verdadera magia.
La amistad entre el leñador y Titania, forjada en mil tardes de serrín y risas, se sentía tan sólida como el corazón de un roble centenario; sin embargo, incluso los más grandes árboles terminan por dormir.
El tiempo, ese río implacable que no sabe retroceder, iba a reclamar su peaje. Titania, capaz de cerrar heridas ajenas con un simple parpadeo, descubrió con una punzada de amargura que su magia era un juguete roto frente al cansancio de la vejez humana. Fue una apacible noche cuando el silencio del bosque se filtró en los pulmones del Leñador. Y aquel hombre fortachón se fundió con la quietud de la tierra para no despertar jamás. Sus ojos se cerraron para reunirse con la eternidad.
Su ausencia fue un abismo sobrecogedor. El equilibrio del bosque, antes sostenido por la presencia serena del bonachón vigilante, comenzó a tambalearse. Las criaturas que Titania había socorrido —desde la lechuza de ala quebrada hasta el oso gordinflón— se congregaron en torno a la cabaña. Pero sin el eje que los unía, aquella orfandad se tornó en huraño egoísmo. El miedo al frío se transformó en disputas por obtener el mejor cobijo; los animales se gruñían unos a otros, y el bosque, antes un refugio, se volvió un lugar algo hostil.
En ese momento de debilidad, el viento se volvió cuchillo. La Reina de las Nieves regresó de los glaciares del norte, reclamando la posición que había dejado el buen leñador. Su melodía áspera resonó entre las hojas como carámbanos agudos:
—La nieve que ves al frente
es mi reinado presente;
en este blanco relente
soy la soberana viviente.
El guardián se ha ido,
el fuego se apagó,
la magia del hada
en el hielo se ahogó.
Ni roble, ni vida,
ni tierno calor,
solo tu herida
de frío y dolor.
No llores por lo perdido
ni por aquellos que se irán;
en mi manto del olvido
tus memorias morirán.
La nieve que ves al frente
es mi reinado presente;
en este blanco relente
soy la soberana viviente.
La Reina de las Nieves se envolvía en un torbellino de polvo nival. Sus pies apenas rozaban la nieve caída, moviéndose con una gracia insultante frente a la pesadez del duelo que plañía el bosque. Miró a Titania con un desdén soberano, como quien observa a un insecto moribundo. El hada, pequeña y con la nariz aún desviada por mil golpes antiguos, apretaba contra su pecho la varita reconstruida como si fuera el último tesoro de la creación.
Abrumada por la presencia gélida de su rival y con los ojos nublados por las lágrimas que se negaba a verter, Titania intentó elevarse para confrontarla a su altura. Sin embargo, el dolor de su corazón pesaba más que sus alas. Inició un pequeño vuelo, casi a ciegas, con la vista empañada por el recuerdo del leñador y la presión del viento helado. La falta de equilibrio, fruto de su congoja, le jugó una mala pasada: en un giro torpe, perdió el rumbo y chocó de frente contra el tronco de un viejo roble, el mismo que tantas veces la había visto reír. El impacto fue brutal; Titania cayó sobre la nieve y su nariz, tantas veces golpeada, quedó dañada de nuevo, dejando un rastro carmesí sobre la blancura impoluta del suelo.
La Reina soltó una carcajada histriónica y se burló de ella con crueldad:
—Mírate, criatura patética. Tienes el rostro marcado por las caídas y las manos sucias de lodo. Tu amigo se ha ido y solo te queda un trocito de metal en las manos. ¿Esto es lo que el Bosque Nevado te ofrece como resistencia? ¿Un hada torpe que ni siquiera sabe volar en línea recta?
Titania se puso en pie con una lentitud desafiante, ignorando el punzante dolor de su rostro. Se limpió el rastro de sangre con el dorso de la mano, manchando su piel con un rubí intenso que contrastaba con la palidez de la Reina. Miró a su rival directamente a los ojos, con una mirada ígnea que el hielo no pudo apagar:
—Mi nariz se curará, Majestad. Se ha roto tantas veces que ya conoce el camino de vuelta, como los brotes que regresan tras la nevada. Pero vuestra animadversión es vuestra condena: vuestro hielo es tan duro que, una vez que se agrieta, no sabe sanar; solo sabe hacerse pedazos y derretirse bajo el Sol. —Titania dio un paso al frente, haciendo crujir la nieve bajo sus pies—. Llamadme «torpe» si eso os hace sentir poderosa, pero recordad esto: lo que está roto tiene bordes afilados. Yo sé lo que es el suelo y no le temo. Vos, en cambio, solo sabéis deslizaros. El día que caigáis, y os aseguro que ese día llegará, vuestro hielo no sabrá cómo volver a unirse. Mi sangre está caliente, Reina; la vuestra es solo agua estancada que ha olvidado cómo fluir.
—¡El hielo es belleza y orden! — respondió airada la Reina — Es la perfección que no cambia. Tu leñador era carne perecedera que ya no existe. Tú eres un error de la fantasía, una burla a la elegancia de las hadas. ¿Por qué insistes en quedarte en este lugar que solo te recuerda lo que has perdido?
—Me quedo porque este lugar es un tesoro que me enseñó que se puede aprender de los errores, y que cada uno de ellos tiene un nombre. En ese roble hay una cicatriz de cuando intenté salvar a un gorrión; en aquella roca está la marca de mi primera caída. El leñador no me enseñó a ser perfecta, me enseñó a ser útil. Él ya no está, pero su inestimable recuerdo vive en el pelaje de los osos y en las plumas de los búhos que tú quieres convertir en figuras de hielo.
La Reina de las Nieves avanzó hacia el hada, haciendo que el suelo crujiera.
—La memoria es una llama débil, Titania. Un soplo de mi invierno y nadie recordará que existió un leñador, ni nada de lo que tú conseguiste cambiar con tu patético altruismo.
Titania, levantó su nueva varita con firmeza y la dirigió amenazante hacia la Reina:
—Te equivocas. No necesito ser una leyenda de vidrio frágil para perdurar. Mientras haya alguien que tropiece y sea capaz de reírse de sí mismo, mientras haya alguien que prefiera un amigo cansado a una estatua hermosa pero inerte, yo estaré allí. Mi magia no viene del cielo, viene de haberme caído tantas veces que ahora conozco el suelo mejor que tú. No puedes congelar a alguien que ya ha aprendido a patinar sobre la nieve.
La Reina retrocedió algo temerosa ante la luz dorada que empezaba a emanar de la nueva varita de metal
—Ese instrumento ya no tiene poder... es solo un juguete— dijo algo confusa, retrocediendo ante un resplandor dorado que emanaba de la recompuesta varita.
—No es un juguete. Es una promesa. La promesa de que la vida siempre vuelve a brotar, aunque sea con cicatrices. ¡Vete al norte, Reina!. Aquí el invierno ya tiene dueña, y es una que sabe que después de la caída, siempre levanta el vuelo. Y se alejó, dejando a la Reina estupefacta.
Titania, no obstante, afligida por la ausencia de su amigo y el regreso vengativo de la Reina, quiso emprender un vuelo casi a ciegas, intentando evadirse de esa situación. Pero, fiel a su naturaleza, el destino le aguardaba en forma de madera: chocó de frente contra el duro tronco de una secuoya. El crujido fue tosco. Su nariz, tantas veces remendada, volvió a quebrarse.
Esa dolorosa pesadumbre la ancló de nuevo a la realidad. Al caer sobre la nieve, asió su nueva varita y recordó el mensaje del leñador: \"Caer y levantarse, siempre levantarse\". Al ponerse en pie, con el rostro maltrecho y las alas desalineadas, Titania no se veía como un hada fracasada. Después de tantas vicisitudes había crecido en resiliencia.
Al ver su inquebrantable determinación, los Bardos del Bosque, testigos de su caída y auge, afinaron sus laúdes y entonaron el cantar que derrotaría al frío:
—¡Cantad, voces de madera!
¡Vibrad, voces del ayer!
Que la magia verdadera
es el arte del bien hacer.
En el Reino de los Robles,
donde el tiempo se detuvo,
partió el viejo de ojos nobles,
el apoyo que ella tuvo.
Duerme el hombre entre las hojas,
vuela el hada en el ferial,
sin penas ni congojas
en su paz espiritual.
Vuela a ciegas Titania,
con su pena en un rincón,
y choca con la montaña:
la secuoya de su aflicción.
Aunque su nariz se rompa
contra el tronco del destino,
no hay dolor que la corrompa
si ha de marcar el camino.
¡Cantad, voces de madera!
¡Vibrad, voces del ayer!
Que la magia verdadera
es el arte del bien hacer.
¡Mirad al hada herida!
¡Mirad su rastro carmín!
Que no hay escarcha tejida
que a este fuego ponga fin.
El hielo es solo un espejo,
frágil orgullo de cristal,
que ante el primer reflejo
se quiebra en su pedestal.
Más vale un ala astillada
y un rostro con cicatriz,
que una reina congelada
que no sabe ser feliz.
¡Cantad, voces de madera!
¡Vibrad, voces del ayer!
Que la magia verdadera
es el arte del bien hacer.
Cada caída es un puente,
cada golpe es una flor,
en el jardín floreciente
que plantó el leñador.
No busques el brillo eterno
ni la gracia del rosal,
busca el amor más tierno
y el alma más servicial.
Mientras un poeta imagine
y un amigo sepa amar,
no habrá quien determine
cuando ella deba marchar.
Porque las hadas no mueren
en el frío del adiós,
viven mientras las requieren
quienes tengan una voz.
¡Cantad, voces de madera!
¡Vibrad, voces del ayer!
Que la verdadera
es el arte del bien hacer.
¡Y vaya!, por una vez, los bardos, con la sensibilidad del momento, cantaron sin desafinar.
La Reina de las Nieves, incapaz de procesar una voluntad que se alimentaba de sus propias vanidades, comenzó a cuartearse. El rayo renovado de la varita emitía un insólito calor que derretía el hielo. Ante la mirada feroz de Titania y el apoyo de los bardos, la soberana del frío retrocedió humillada, convertida en una bruma inofensiva que el sol de la mañana dispersó sin esfuerzo.
La buena ninfa recordó, con reconfortante nostalgia, que su relación con el Leñador le hizo conocer una nueva faceta terrenal que un hada normal no habría podido asumir: la de empatizar con los seres mortales y respetar sus costumbres.
Fue entonces cuando Titania comprendió la lección final que el leñador le había tallado en el alma: el prestigio, aunque parte de una fantasía poderosa, también es refugio de carne, hueso y madera para todos los que conviven en el hábitat forestal.
Aquel invierno no fue un adiós; fue la conquista de su propio destino. Se instaló en la vieja cabaña del leñador como la nueva guardiana. Allí, entre el olor a resina y el calor de la chimenea, enseñó a las criaturas que la verdadera fuerza reside en la generosidad de quien ofrece su mano —o su ala— para levantar a otro.
Y así, convertida en la legítima protectora del Bosque Nevado, Titania asumió su nuevo papel con la dignidad que merecía la memoria de su mentor. Por supuesto, el cargo no venía con un manual de equilibrio integrado, y las esquinas de las mesas de la cabaña pronto aprendieron a temer sus espinillas tanto como los árboles habían temido a su frente. Los animales del bosque, ahora en perfecta armonía, se acostumbraron a un nuevo tipo de orden, donde la magia florecía entre hechizos deslumbrantes y el sonido seco de un hada que acaba de calcular mal el aterrizaje sobre la alfombra de hojarasca.
Incluso se dice que los conejos del lugar instituyeron un sistema de apuestas amistosas sobre cuál sería el próximo objetivo en desafiar la gravedad, aunque siempre con el más absoluto de los respetos hacia su benefactora. A fin de cuentas, sus pequeños accidentes ya no eran motivo de burla, sino el recordatorio diario de que su divinidad era deliciosamente humana.
Titania ya no era el \"hada torpe\" que protagonizaba algunas curiosas escenas…
Porque mientras alguien cuente su historia— la de esa pequeña y bondadosa hada, la que siempre tropezaba, pero que jamás doblaba la rodilla— Titania siempre seguirá viva, optimista y eterna, en la fantasía de todos nosotros.
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F I N
ANEXO
Este poema sarcástico y desmitificador de las hadas, que empezó como una broma, fue el origen de todo el relato “Peripecias del Hada Torpe Titania”. Lo subimos el 04/08/2024; con el título \"En la fría y yerma noche de invierno\":
En la fría y yerma noche de invierno,
un hada torpe se cayó en la nieve;
quedó algo coja, un desecho en relieve
y altanera ella maldijo al infierno.
Sus finas alas de luz se fundían
de tristeza; agotada y sin aliento
con la cellisca sus ojos ardían;
su aire de ninfa moría en el viento.
El bosque se llenaba de miseria,
con cada patinazo que ella daba;
y la fronda perdiendo la paciencia
renegó del Hada que torpe andaba.
La Nieve, que la vio desde su trono,
bajó enfurecida por tal disturbio;
se miraron llenas de rabia y encono
debajo de un cielo pasmado y turbio.
Se retaron con furia en duelo extraño,
reclamando agravios con voz airada:
el Hada, quejosa ante el grave daño;
la Nieve, al ver su blancura manchada.
Y grande fue el asombro de esas dos
que eran presas de un mismo desatino,
vinculadas por el guion de algún dios
de prosa fácil, de estilo cansino.
Sobre los copos que se amontonaron,
firmaron la paz en raro binomio.
¡Junto a los poetastros encerraron
la cursilería en el manicomio!
La Reina, harta de verse \"blanca y pura\"
en versos de rima pobre y gastada
al hada le brindó su mano helada:
–¡Basta de gracia, basta de dulzura!
—Tú con tu cojera y yo con mi hielo,
rompamos el mito de perfección;
que tiemble el bardo y su falsa pasión,
que la miel del verso se agrie en el suelo.
Con sus risas de burlas y de barro,
marcharon juntas rompiendo el esquema:
el Hada esbozaba un gesto bizarro,
la Reina balbucía un mal poema.
Cerraron libros de cuentos de antaño,
de hadas perfectas y de nieve mansa;
ahora el invierno es un baile extraño,
un par rebelde que nunca descansa.
No queda escarcha que adorne la rama
donde el poeta se ponga sensible;
cuando el Hada grita, la Reina brama,
amigas brujas de aspecto terrible.
Vuelan conjuros de curvos rituales,
el polvo de estrellas vuelto granito
por tantos romances sentimentales
de lloriqueos de verso infinito.
—Si ves que el hielo aparece en la loma
y el frío feroz te muerde con saña,
verás que el invierno por fin se asoma:
¡la gracia ha muerto, viva la patraña!
*****
...y ahora, sí, F I N
*Autores: Nelaery & Salva Carrión