Como el agua imantada en los meandros
va tu voz persiguiendo árboles nuevos,
y tus ojos desean reinventarse,
pues tienen ese nombre entre los párpados
que no les deja ver el horizonte,
la libertad del cielo y la fluidez del río,
qué actúa como espejo en todas tus miradas
cuando lo que no está vuelve a ser ilusión,
cambiando de casilla,
en el tablero fácil de estrategias.
Y viajas al sur, aire cálido y recto,
maleable y tangible, con tu cuerpo de huellas,
que para el infinito resulta como un alma,
una brújula extensa y que dilata
sus sentidos,
un bosquejo del tiempo y el espacio,
que deshace los límites,
que marca la distancia
eterna,
para sedimentar la realidad
al gusto de tus labios.